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12/05/2011 | Cuando se medra políticamente con las guerras

Leo Zuckermann

Diciembre de 2006. A pesar de la amenaza de que no tomaría posesión como Presidente, Felipe Calderón protesta a su cargo. Tiene legitimidad democrática, pero se encuentra en una situación políticamente débil.

 

El mandatario viste el uniforme de general de cinco estrellas y ordena el despliegue de las Fuerzas Armadas en las calles para combatir a la delincuencia organizada. Manda, así, el mensaje de que sólo hay un Presidente en México al que obedece el Ejército mientras que en las calles hay otro que se ostenta como legítimo. La guerra rápidamente resulta popular por el hartazgo social que hay en materia de inseguridad. Este tema le permite a Calderón sentarse definitivamente en la silla presidencial.

Mayo de 2007. Reforma publica su encuesta trimestral en la que muestra que la tasa de aprobación con la manera de gobernar del Presidente ha subido de 58% de la población mexicana a 65%. De acuerdo al análisis del periódico, dicho aumento se debe a “la guerra declarada al narcotráfico”.

Agosto de 2009. México atraviesa por una de sus peores crisis económicas. De acuerdo con la encuesta de Consulta-Mitofsky, ocho de cada diez mexicanos califica como negativa la situación económica del país: “Es la peor antes de un Informe Presidencial de los últimos nueve años”. Sin embargo, la tasa de aprobación se mantiene en niveles razonablemente altos: 62% de los mexicanos está de acuerdo con la manera de gobernar de Calderón. ¿Por qué, a pesar de la mala situación económica, no baja su popularidad? Primero porque la población percibe que la crisis viene de afuera. Pero, más importante aún, la guerra contra el crimen organizado, que a esas alturas del sexenio es el tema central del Ejecutivo, mantiene los altos niveles de popularidad presidencial. La encuesta demuestra que el combate a la delincuencia es el asunto donde los mexicanos aprueban más la gestión de Calderón.

Abril de 2011. La violencia ha crecido de manera exponencial durante los últimos dos años en México. Las cifras son terroríficas. Este mes ha sido el más violento del sexenio. La prensa reporta alrededor de mil 400 ejecutados. Un promedio de 47 por día, casi dos por hora. Además se descubren fosas clandestinas con decenas de cadáveres en Tamaulipas, Durango y Nuevo León. En Morelos la indignación social crece a raíz del asesinato, a finales de marzo, del hijo del poeta Javier Sicilia. En este contexto, Consulta-Mitofsky levanta su encuesta mensual. La popularidad del Presidente ha caído. Ahora 49% de la población aprueba su gestión y 49% la desaprueba. Para estándares mexicanos es una popularidad presidencial baja y con tendencia a la baja.

Mayo de 2011. Es evidente que la guerra ha dejado de beneficiar políticamente a Calderón. Ahora lo está perjudicando. Así sucede con los esfuerzos bélicos que duran mucho porque tienen objetivos poco claros. Aunque el Presidente ha tratado varias veces, no ha podido posicionar otros asuntos en su agenda. Es tan fuerte y mediático el tema de la guerra que no puede salirse de ella. Los adversarios de Calderón saben, porque ellos también ven las encuestas, que ahora le está costando. Les toca medrar políticamente con este asunto. Lo han estado esperando durante todo el sexenio. La izquierda más radical (que se la tiene jurada a Calderón desde 2006 cuando le ganó a López Obrador tildándolo de “peligro para México”) lo ataca ferozmente con críticas fuera de toda proporción. Para ellos, Calderón es el responsable de la violencia en el país; incluso él mismo es un asesino. En la plaza pública le gritan que se muera. Exigen la renuncia de Genaro García Luna y juicio político al Presidente. Los priistas, mientras tanto, medran con su silencio frente a la confrontación de sus adversarios de la izquierda y derecha.

Es bien sabido que las guerras son espadas de doble filo para los gobernantes. Pueden ser fuentes de grandes beneficios, pero también de grandes costos. Por eso sólo deben combatirse cuando hay un amplio consenso entre la clase política y la sociedad para luego poder repartir los vítores o las culpas entre muchos.

Excelsior (Mexico)

 



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