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15/05/2006 | Cuando Olmert vaya a Washington

Caroline Glick

La retirada planeada de Olmert supone un dilema para Washington. Por una parte, Estados Unidos ha apoyado tradicionalmente las retiradas israelíes de los territorios que Israel capturó durante la Guerra de los Seis Días, y el plan de Olmert se alinea con esta preferencia costumbrista.

 

Una de las grandes ventajas de la digitalización de las comunicaciones es que hoy, todo el mundo que tenga un ordenador tiene acceso a información acerca de los sucesos que ocurren en todo el globo. Una persona sentada en su casa de, digamos, Jerusalén, puede leer del Washington Post al Bellingham Herald de Bellingham, Washington. Sentada en cualquier parte del mundo que tenga una conexión a internet, una persona puede hoy tener nociones de los sucesos que tienen lugar de París a Timbuktu.

No cabe duda de que esta accesibilidad ha democratizado las comunicaciones. Los ciudadanos particulares han ganado independencia de las preferencias editoriales de los editores de sus periódicos locales. Pero la enormemente expandida disponibilidad de información ha provocado un problema nuevo. Un individuo que siga un debate público en un país extranjero puede pensar que comprende lo que está sucediendo allí leyendo los periódicos locales de ese país o páginas web populares todos los días. Y aún así, puesto que está a miles de millas de distancia, bien puede malinterpretar el significado de lo que está leyendo. Casi como un juego de "Teléfono" infantil, la información a la que accede desde su ordenador puede ser liosa porque está escrita para los locales, quienes además de leer los diarios, también respiran el mismo aire que sus reporteros locales.

Un ejemplo sería un israelí que, sentado en su apartamento de Tiberias, siguiese concienzudamente los sucesos de Estados Unidos leyendo el The New York Times On-line. De tal lectura, ese israelí concluiría que Estados Unidos está perdiendo la guerra contra los jihadistas de Irak y está al borde de la retirada. También podría quedar bajo la impresión de que el Presidente George W. Bush está a punto de ser derogado por el congreso por haber "mentido" acerca de la amenaza que Saddam Hussein constituía para Estados Unidos en marzo del 2003. Finalmente, tal lector tendría la impresión de que la economía norteamericana se desliza hacia una recesión a causa del marcado incremento de los precios de la gasolina.

Si esa persona no fuera un particular, sino digamos, el gobierno de Gran Bretaña, el examen de que Estados Unidos está punto de salir corriendo de Irak y de derogar a Bush llevaría necesariamente a unas conclusiones concretas acerca de cómo debería concebir Gran Bretaña su política exterior.

El problema, por supuesto, es que leer el The New York Times no proporciona a ningún particular ni a ningún gobierno una idea clara de lo que está sucediendo en Estados Unidos ni del significado de los diversos debates que hoy están en boga en los medios. Para que una persona comprenda lo que está leyendo en el Times, necesita ser capaz de comprender el contexto cultural en el que los artículos son publicados. Sin una orientación cultural de Estados Unidos, va a ser incapaz de examinar el valor de la información a la que hoy accede en internet.

Lo mismo, por supuesto, se cumple para Israel. El debate político de Israel es constantemente hiperbólico. Los israelíes que escuchan declaraciones de sus líderes saben que tienen que descontar gran parte de lo que escuchan como puesta en escena exagerada. Por ejemplo, desde 1982 hasta que Ariel Sharon se convirtiera en primer ministro en el 2001, la izquierda israelí le llamó de manera rutinaria belicista, radical de extrema derecha y asesino. Pero nadie pensaba realmente que nada de esto fuera cierto. Los israelíes comprendieron que esto era parte del curso del debate político de Israel.

Pero aún así, para los extranjeros que contemplen los sucesos en Israel y escuchen este diálogo interno, no podría haber sido más sorprendente cuando, como primer ministro, Sharon comenzó súbitamente a pedir retiradas israelíes de Judea, Samaria y Gaza y llevó a cabo el plan de retirada y expulsión de Gaza y norte de Samaria el verano pasado. Después de todo, durante años, han estado leyendo a israelíes llamando a Sharon un clon de Genghis Khan. De modo que aquí, como con el extranjero que mira a América, la familiaridad que permite el acceso a los debates locales puede llevar a malentendidos más grandes.

A causa de esto, es importante que todos los países, cuando examinan lo que hacen otros, piensen primero y principalmente cómo pueden impactar sobre sus intereses las diversas maniobras. Los debates políticos nacionales celebrados en países extranjeros no deberían constituir la base de su toma de decisiones.

ES IMPORTANTE NOTAR nuestra tendencia a malinterpretar los debates nacionales de otros pueblos porque en cuestión de tres semanas, el Primer Ministro Ehud Olmert llegará a Washington DC con el fin de presentar su plan para retirar a civiles israelíes y fuerzas militares de gran parte de Judea y Samaria con la esperanza de asegurarse el apoyo y la financiación norteamericana a su plan.

La retirada planeada de Olmert supone un dilema para Washington. Por una parte, Estados Unidos ha apoyado tradicionalmente las retiradas israelíes de los territorios que Israel capturó durante la Guerra de los Seis Días, y el plan de Olmert se alinea con esta preferencia costumbrista. Por la otra parte, Estados Unidos está hoy librando una guerra contra la jihad global, y uno de sus principales objetivos es evitar la creación de nuevas bases de las fuerzas jihadistas. La retirada de Israel de Gaza el pasado verano fomentó la llegada de Hamas al poder en la Autoridad Palestina y permitió la transformación de Gaza en una base para al-Qaida, Hezboláh y la Guardia Revolucionaria iraní. Una retirada israelí de Judea y Samaria empeorará exponencialmente la presente situación.

Si los americanos basasen sus políticas en lo que escuchan en los medios israelíes, concluirían que Israel será destruido si no abandona Judea y Samaria mañana. Lo que pasarían por alto es que el debate en Israel acerca de conservar el control sobre Judea y Samaria o abandonar el control de las zonas a Hamas no tiene nada que ver con Hamas, Hezboláh, al-Qaida, o con cualquier otra consideración que pudiera llamarse estratégica.

Lo que es difícil de comprender a partir de leer los medios de Israel es que el país se encuentra en medio de una cultura bélica. Los mesiánicos seculares izquierdistas, que han reemplazado su Dios de paz de Yasser Arafat, destruido hace seis años, con un Dios de retirada, están presionando en favor de la retirada de Judea y Samaria como parte de su ofensiva contra el sionismo religioso, que está radicado en los asentamientos israelíes de Judea y Samaria que Olmert planea destruir.

Similarmente escondido de la vista de un observador exterior de la escena política de Israel se encuentra el hecho de que los sionistas religiosos están respondiendo a estos ataques amenazando y sopesando sacar su furia del ejército. Amenazan con no cumplir el servicio militar o presentarse voluntariamente como oficiales de entrenamiento simplemente para demostrar a los izquierdistas mesiánicos que no son los tontos de nadie. Pueden poner en peligro al país igual que puede hacerlo la izquierda.

ISRAEL CARECE casi por completo de cualquier debate acerca de las consecuencias estratégicas de la retirada de Gaza o de las probables consecuencias para la seguridad de una retirada de Judea y Samaria. Tal debate haría notar que la retirada de Gaza fue un fracaso en todos los niveles. También plantearía la posibilidad de que una retirada israelí de Judea y Samaria provocase un influjo de terroristas y misiles que colocarían todas las ciudades importantes de Israel así como sus principales autopistas, puertos y el Aeropuerto Ben-Gurión dentro del alcance de misiles procedentes de las fuerzas de Hezboláh en el Líbano y de las fuerzas palestinas en Gaza, Judea y Samaria.

Al margen de eso, tal debate llamaría sin duda la atención sobre el hecho de que la toma de control de los jihadistas sobre Judea y Samaria provocaría un peligro inmediato para el régimen hachemita de Jordania. Hasta la fecha, el control militar israelí de Judea y Samaria ha dificultado que los jihadistas palestinos amenacen a Jordania. Pero si Israel se retira, no habrá quien impida que unan fuerzas con sus homólogos de la orilla este del Río Jordán.

De ese modo, una retirada israelí de Judea y Samaria provocaría la desestabilización de dos de los aliados más fiables y estables de Oriente Medio. El combustible y otros recursos vitales para las fuerzas norteamericanas en Irak ya no podrían ser transportados con seguridad por tierra desde los puertos israelíes a través de Jordania hasta Irak debido a la inestabilidad tanto en Israel como en Jordania. Esto incrementaría la dependencia norteamericana de los puertos del Golfo Pérsico. Esta independencia norteamericana incrementada animaría a Irán a provocar sucesivos dolores de cabeza a la Marina norteamericana en el Estrecho de Ormuz. Judea y Samaria serían utilizadas como base de entrenamiento terrorista para jihadistas que acudirían a luchar no solamente en Israel, sino contra las fuerzas norteamericanas en Irak.

Al margen de eso, igual que la retirada de Israel de Gaza convenció a los palestinos de que el terrorismo funciona y de ese modo llevó a Hamas al poder, una retirada israelí de Judea y Samaria que llevase a la desestabilización tanto de Israel como de Jordania sería percibida por los mundos árabe e islámico como una victoria estratégica para las fuerzas de la jihad. De París hasta Haifa, de Islamabad hasta Bagdad, pasando por Dearborn, miles responderán al llamamiento a la jihad.

Según el mismo razonamiento, con la pelota en el tejado de los jihadistas, Estados Unidos y sus aliados sufrirán una dificultad sin precedentes a la hora de intentar convencer a los gobiernos musulmanes y árabes, a los modeladores de opinión, a los intelectuales y a los activistas de que les apoyen. Los líderes políticos y culturales que hoy apoyan el objetivo estratégico de Estados Unidos de llevar la democracia y el liberalismo a los árabes y musulmanes de todo el mundo serán abandonados al silencio. Después de todo, tanto si a Estados Unidos le gusta como si no, los mundos árabe y musulmán perciben a Israel como un estado satélite americano y como resultado, una retirada israelí es vista como una retirada americana. Si Israel es debilitado, América es debilitada.

OLMERT HA PUESTO un precio a su plan de retirada de 10 billones de dólares. Muchos economistas israelíes han afirmado que esto es una obscena subestimación del precio real de las retiradas masivas que ha planeado y la deslocalización de entre 50.000 y 100.000 civiles israelíes. Sin embargo, el nuevo primer ministro de Israel espera que el Congreso apruebe que los contribuyentes americanos se hagan cargo de la cuenta. Olmert también espera que la administración Bush reconozca las fronteras de su retirada propuesta como las fronteras políticas de Israel.

América no ha dudado en forzar a Israel a cambiar de curso en todo, desde la construcción de asentamientos, a no responder a ataques con misiles no provocados durante la Guerra del Golfo de 1991, pasando por cancelar ventas de armamento a lugares como China cuando Estados Unidos creyó que sus intereses de seguridad nacional eran perjudicados por las acciones de Israel. En general, los líderes de Israel han respetado las solicitudes americanas. En ocasiones, cuando pensaron que el bienestar nacional de Israel o sus fortunas políticas estaban en juego, no lo hicieron.

Al escuchar que la cobertura de los medios israelíes del debate político de Israel podría llevar a un extranjero a creer que retirarse de Judea y Samaria es necesariamente bueno para el futuro de Israel, lo que están escuchando de hecho es a uno de los bandos de una guerra cultural nacional. Y las guerras culturales de Israel deberían tener poco interés para los gobiernos extranjeros que intentan garantizar sus propios intereses, exactamente igual a lo que piensan The Nation o Mother Jones acerca de que al-Qaida no debería ser responsabilizado de cómo perciben los gobiernos extranjeros la amenaza que la jihad global constituye para sus naciones.

El plan de retirada de Olmert será devastador para la seguridad nacional de Israel. Pero ése es el problema con el que Israel tendrá que tratar. Elegimos a este gobierno y pagaremos el precio.

Estados Unidos no tiene motivo para apoyar este plan que perjudica a sus intereses más cruciales en la región y a la guerra contra la jihad global. Cuando Olmert vaya a Washington, la primera pregunta que sus anfitriones deberían plantearle es, ¿Cómo esperas que apoye un plan que respalda la causa de la jihad global?


Jerusalem Post y El Reloj.com

El Reloj (Israel)

 



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