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21/12/2014 | Más de dos años de negociación secreta entre Cuba y EE.UU.

Emili J. Blasco

Canadá fue el país anfitrión de al menos nueve reuniones «discretas» en las que no hubo ni una filtración.

 

La operación terminó con palomitas en el avión que traía a Washington a Alan Gross, el ciudadano estadounidense que llevaba cinco años preso en Cuba, cuya liberación había sido la prioridad de Barack Obama en las conversaciones abiertas con el régimen castrista. La misión había tenido un susto de última hora: a pesar de lo convenido, La Habana no permitió despegar el avión justo cuando aterrizó el que transportaba a los tres espías cubanos que, también desde el principio, eran el precio puesto por Raúl Castro. Tuvo que esperar cinco minutos que se hicieron eternos.

Era el miércoles a las 8.45 de la mañana –la misma hora en La Habana y en Washington; seis horas más tarde en España– cuando el piloto hizo el esperado anuncio a Gross, su mujer Judy y quienes les acompañaban: «Acabamos de salir del espacio aéreo cubano». Ahí comenzó la celebración.

Tan impresionante era el operativo del intercambio de prisioneros como el hecho de que durante los 18 meses de negociaciones directas entre EE.UU. y Cuba nunca hubiera habido ninguna filtración de lo que estaba ocurriendo. Ni desde la Administración Obama, ni desde Canadá, que fue el país anfitrión de al menos nueve reuniones, ni desde el Vaticano, cuyo papel fue decisivo en permitir el acercamiento entre dos países enemistados durante más de medio siglo.

La decisión de tender la mano a Cuba estaba en la mente de Obama cuando en 2008 ganó la presidencia. Nada más llegar a la Casa Blanca alivió las restricciones de los cubanos residentes en EE.UU. para visitar a sus familiares y enviarles dinero. Pero nuevos pasos quedaron congelados cuando en diciembre de 2009 Alan Gross fue detenido en Cuba, acusado de introducir material de telecomunicaciones. Cuando a principios de 2013 Obama se reunió con su equipo de colaboradores para determinar las prioridades de su segundo mandato, Cuba pasó a uno de los primeros lugares. La decisión del régimen castrista de rebajar las restricciones de viaje de sus ciudadanos abría esperanzas de un cambio.

Un equipo joven

Desde un primer momento, Obama se marcó con condición imprescindible la liberación de Gross. Lo que hacía converger la nueva operación diplomática desde la Casa Blanca con los esfuerzos humanitarios que desde más atrás estaban haciendo varios legisladores estadounidenses en colaboración con el Vaticano. En marzo de 2012 se había producido una reunión en la Embajada del Vaticano en Washington para impulsar la mediación de la Santa Sede. «Es algo que siempre estuvo en el radar del Vaticano, que elevó la conversación a más altos poderes, no sé si ángeles, querubines o serafines», ha dicho con gracia la senadora Barbara Mikulsi, que estuvo en esa reunión en la nunciatura. Para abrir las negociaciones diplomáticas, Obama necesitaba un canal discreto, que permitiera un diálogo sometido a menos presión. Para eso escogió a dos jóvenes de su equipo: Benjamin Rhodes, número dos de su Consejo de Seguridad Nacional, y Ricardo Zúñiga, responsable del Hemisferio Occidental en ese mismo organismo. Zúñiga, de familia hondureña, trabajó como diplomático estadounidense en La Habana.

Durante varios meses, Rhodes y Zúñiga estuvieron haciendo discretos viajes a Canadá para reunirse con una delegación cubana algo mayor, pero igualmente reducida. El Gobierno canadiense, que no participó en las conversaciones, facilitó los lugares de reunión, en Toronto y Ottawa. Los encuentros se desarrollaron normalmente en un solo día, aunque en ocasiones contaron con una segunda jornada.

Al principio los negociadores estadounidenses rebajaron su interés por la liberación de Gross, para que los cubanos no pidieran un alto precio por ella. Eso les habría dado margen para que cuando los negociadores de Cuba plantearon a cambio la entrega de sus espías detenidos en EE.UU. Washington se sacara de la manga una nueva demanda: la liberación de Rolando Sarraf Trujillo, un «topo» cubano que había pasado información a EE.UU. y estaba en prisión desde hacía casi veinte años. Los cinco espías reclamados por La Habana habían sido detenidos en 1998 y sentenciados a largas condenas. Uno de ellos, acogido a beneficios penitenciarios, recibió permiso para viajar a Cuba para visitar a su padre moribundo. En 2013 se le concedió permanecer en la isla. Otro fue excarcelado en 2014 y los tres restantes formaron parte del paquete negociado finalmente.

En el funeral de Mandela

El mundo desconocía lo que se estaba gestando cuando Raúl Castro y Barack Obama se cruzaron en diciembre de 2013 en el funeral de Nelson Mandela en Sudáfrica. El apretón de manos llamó la atención, pero no levantó sospechas.

En marzo de 2014 Obama visitó al Papa Francisco en el Vaticano. En una conversación mantenida a solas, el presidente, que obviamente conocía la mediación de la Curia, pidió la intervención directa de Su Santidad. «Estimando la importancia de este Papa te quedas corto. Viniendo de donde viene tiene una gran resonancia entre los líderes de la región», indican altos funcionarios de la Casa Blanca. Obama se valió así de la astucia mediadora del Vaticano para lograr el deshielo con La Habana.

Durante este verano el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, tuvo cuatro conversaciones telefónicas con el ministro de Exteriores cubano, Bruno Rodríguez Parrilla. En ellas le advirtió de que EE.UU. «nunca, nunca» daría el paso si Gross moría en prisión. Kerry también trenzó sus gestiones con el secretario de Estado vaticano, el cardenal Pietro Parolin, con quien se reunió en junio en la Santa Sede. Lo que propició que las delegaciones negociadoras mantuvieran una de sus decisivas reuniones en el mismo Vaticano, el pasado octubre, en un ambiente propicio creado por el Papa tras sendas cartas a Obama y Castro.

El Papa Francisco puede hacer milagros con una hoja de papel. Su carta a Vladímir Putin unos días antes de la reunión del G-20 en San Petersburgo en septiembre del 2013 logró frenar los bombardeos masivos contra Siria cuando los aviones norteamericanos estaban a punto de despegar. Las cartas a Obama y Castro el pasado verano han producido otro milagro.

«El último muro»

En realidad, Francisco cosecha los frutos de la semilla que Juan Pablo II plantó en su histórica visita de 1998 a Cuba, y que Benedicto XVI regó en la del 2012. Dieciséis años no es demasiado tiempo si al final se logra una transición pacífica «como en Polonia, no como en Rumania», que es el objetivo del Vaticano. El Papa polaco llegó a ver la caída del Muro de Berlín. Ahora ha caído «el último muro».

La superación del último vestigio de la Guerra Fría había empezado en aquel encuentro en la nunciatura de Washington, en marzo d’el 2012, poco antes del viaje de Benedicto XVI a Cuba.

Cuando el Papa Francisco tomó el relevo en Roma, Cuba estaba ya en su corazón, y no solo por su amistad con otro personaje extraordinario, el cardenal Jaime Lucas Ortega y Alamino, quien lleva 33 años como arzobispo de La Habana, un trabajo capaz de acabar con cualquiera. Otro antiguo amigo, el cardenal de Boston, Sean O’Malley, llevaba muchos años viajando a Cuba para llevar ayudas.

El «número tres» del Vaticano, Ángelo Becciu, ha sido nuncio en Cuba, mientras que el «número dos», el secretario de Estado Pietro Parolin, era nuncio en Venezuela cuando el Papa le llamó a Roma como su principal colaborador y jefe de la diplomacia vaticana. Según Parolin, «el papel del Papa fue decisivo, precisamente porque él tomó la iniciativa de escribir a los dos presidentes para invitarles a encontrar un punto de acuerdo».

El «final feliz», acordado el pasado lunes por Obama y Castro en una conversación telefónica de 45 minutos, fue anunciado a la mañana siguiente, el día del 78 cumpleaños del Papa.

ABC (España)

 



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