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30/01/2018 | Donald Trump y la guerra por los ratings

Gina Montaner

Si le dieran a escoger a Donald Trump, habría preferido dirigirse a la nación desde su cuenta de Twitter, que es el medio con el que se siente más a gusto para hacerse autopromoción y ventilar sus rencillas.

 

Además, tal y como se ha publicado, lo hace cómodamente instalado en su cama mientras sigue lo que los informativos dicen de él, sobre todo en lo que concierne a la trama rusa que lo persigue como una nube tóxica.

Bien, al presidente no le queda más remedio que ceñirse a lo que sus predecesores han hecho antes que él. El discurso del estado de la Unión es la oportunidad que tiene el mandatario de exponer los planes legislativos para el resto del año. Es una ocasión especial para mostrarse presidencial. Sin embargo, con Trump nunca se sabe. En su ceremonia de investidura se inclinó por un tono y un gesto catastrofistas, describió una nación ficticia al borde del Apocalipsis y trató a sus adversarios con el instinto asesino de un Darth Vader. En cambio, en esta ocasión el propio presidente adelantó la víspera de su histórica intervención que su intención es tender puentes con los demócratas y resaltar sus logros. El republicano Newt Gingrich auguró que aprovecharía su alocución para dejar bien sentado que el país "ha tomado el rumbo correcto".

Respaldado por los buenos datos económicos que heredó de Barack Obama, un año después de su desembarco en Washington el presidente puede presumir de la bonanza que atraviesa el país con un índice de desempleo muy bajo, la euforia de la Bolsa y una reforma fiscal que, al menos por ahora, tiene contentos a los empleados que están recibiendo bonos y exultantes a las corporaciones. Su lema, tal y como lo enfatizó en la cumbre de Davos, es anteponer los intereses de América.

Como parte de los ofrecimientos que Trump hizo al electorado fue el de invertir fuertemente en infraestructura, que es otro modo de generar empleos en la construcción de puentes y carreteras. En su discurso no debe faltar un llamamiento para que se aprueben esos fondos millonarios que también incluirían el costo del muro fronterizo, el cual ascendería a 25 mil millones de dólares y que es la manzana de la discordia con los demócratas, pues está vinculado al debate migratorio que ninguno de los dos partidos ha conseguido despejar.

En el epicentro del tira y afloja por encontrar una solución a la presencia y arraigo de millones de inmigrantes indocumentados se encuentran los dreamers: jóvenes que llegaron ilegalmente cuando eran menores de edad y hasta hace cuatro meses se acogían al programa Daca que les otorgó el ex presidente Obama, el cual les confería estatus legal temporal. Trump ya ha propuesto concederles la ciudadanía a 1,8 millones de inmigrantes indocumentados a cambio de que los demócratas accedan a la financiación del muro, a que se elimine el sistema de lotería de visas y se restrinja la reclamación familiar a cónyuges e hijos menores. Una propuesta que se presenta cuesta arriba a la hora de negociar con la oposición y contentar al ala más nacionalista de su partido mientras los dreamers son los rehenes sobre el tablero.

Sin duda Trump goza de un buen momento por el entusiasmo que generan las proyecciones económicas, pero no consigue sacudirse la investigación que sigue su curso sobre la supuesta injerencia del Gobierno ruso en la contienda electoral para beneficiarlo. Por mucho que se empeñe en descalificar a los medios que siguen el hilo de esta trama (urge que el presidente vea 'The Post'), lo que sale a la luz con razón le quita el sueño, pues podría haber indicios de obstrucción de la justicia para evitar llegar al fondo de un asunto muy oscuro que por ahora salpica a sus asesores (y ex asesores) más allegados.

Muy en la línea de los 'reality' que tanto le gustan al actual mandatario y que él mismo ha protagonizado, en un golpe de efecto el presentador Jimmy Kimmel invitó a su programa a la actriz porno Stormy Daniels, quien al parecer tuvo una relación con Trump, para una entrevista en directo después del discurso estado de la Unión. Es la guerra por los ratings. De eso sabe mucho el presidente.

El Mundo (España)

 



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