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02/12/2022 | EEUU - La supremacía tecnológica en el siglo XXI, Ucrania y China: los tres ejes del romance entre Biden y Macron

Pablo Pardo

El presidente galo ha aterrizado en suelo estadounidense en vísperas de la primera visita de Estado que realiza Joe Biden como actual mandatario de EEUU.

 

Ucrania, China, y tecnología. Ésos son los tres puntos de la visita de Emmanuel Macron a Washington, donde este miércoles ha sido recibido en la Casa Blanca por Joe Biden, con quien se reunirá este jueves. Es una reunión del máximo nivel. De hecho, se trata de la primera visita de Estado que tiene el actual presidente estadounidense. Una visita de Estado es un encuentro al máximo nivel en la Casa Blanca, lo que incluye toda una parafernalia ceremonial diseñada para transmitir la idea de que entre los dos países hay, más que buenas relaciones, una verdadera alianza.

Pero no parece que la elección de Macron sea una coincidencia, pese a que él y Biden tienen una buena química personal que les ha llevado, en la Asamblea General de Naciones Unidas de septiembre, a extender a 45 minutos una reunión que estaba previsto que durara apenas diez, para desesperación de sus respectivos equipos, que vieron cómo las agendas de ambos mandatarios saltaban por los aires simplemente por el buen rollo entre éstos (vista la atención otorgada por Biden a Pedro Sánchez en la cumbre de la OTAN de 2021, parece improbable que ese problema organizativo se diera en una eventual reunión entre los presidentes español y estadounidense). La buena química es tan importante -con Macron hasta enviando una nota manuscrita a Biden por su 80 cumpleaños y la boda de su nieta- que de esta cumbre no va a salir nada importante. Nada salvo la representación escénica. Y eso sí es relevante.

Porque si Biden ha dado a Macron el honor de una visita de Estado es porque Estados Unidos considera a Francia el líder de Europa. Es un movimiento tectónico geopolítico, que no se debe solo a la personalidad del presidente francés, sino, también, a la percepción que en Washington se tiene del Viejo Continente. Gran Bretaña se ha marginado ella sola al salir de la Unión Europea y, hasta que se produzca la Segunda Venida de la Reina Victoria esperada por los partidarios del Brexit, que permita la restitución del Imperio Británico, Londres deberá asumir que su capacidad de influencia en EEUU, aunque grande, no es la que era.

Y luego está Alemania, un país con un papel económico mucho más grande que el político, pero que ha visto su estatura disminuir con las constantes vacilaciones y pasos adelante y atrás del canciller Olaf Scholz en la guerra de Ucrania. Si con Angela Merkel Jake Sullivan -el influyente consejero de Seguridad Nacional de Biden- temía que Berlín se deslizara por la pendiente del mercantilismo, y tratara de renunciar a las responsabilidad estratégicas propias de la cuarta mayor economía mundial para intentar ser una especie de Luxemburgo pero en grande, con Scholz parece que Alemania está, simplemente, perdida.

Súmese a ello que el secretario de Estado, Antony Blinken, se crio en Francia, con un padre adoptivo francés, habla la lengua de Moliére tan bien como la de Shakespeare y no es que él solo tenga la Legión de Honor, sino que también le ha sido entregada a su madre, y el romance entre Washington y París está garantizado. Un romance que Macron, sin duda, espera que acabe mejor que el que inició con el predecesor de Biden, Donald Trump, con el que también tuvo la primera visita de Estado del mandato del presidente estadounidense. Macron aterrizó en Washington en 2017. Él y Trump hasta plantaron un árbol en la Casa Blanca, en una ceremonia en la que quedó claro que la silvicultura no era lo suyo, para celebrar la amistad entre las dos nacionales. Y un día después de que se fuera, Trump rompió el acuerdo nuclear con Irán, que el presidente francés le había suplicado durante su visita que mantuviera.

Esta vez, no va a pasar nada parecido. De hecho, Biden ya dio la bofetada de rigor a Francia por anticipado, en septiembre de 2021, cuando estableció el AUKUS, una alianza nuclear con Gran Bretaña y Australia que significó para Francia la pérdida de un contrato de 80.000 millones de euros en submarinos para el pais de Oceanía, que pasarán de ser construidos por una empresa gala a una estadounidense. Macron reaccionó en el mejor estilo francés: con un ataque de indignación, acaso porque la diplomacia estadounidense decidió hacerlo público justo el día en que estaba prevista una ceremonia para conmemorar la alianza entre las Armadas de Francia y EEUU (eso es lo que se llama tener buen tino diplomático). Pero, después de retirar al embajador galo en Washington, Macron decidió olvidar el incidente, entre otras cosas porque no podía hacer mucho más. Grandeur, en francés, suena bien, pero power en inglés, la derrota con creces.

Lo cual lleva a la reunión del jueves -con Biden- en las que habrá tres temas principales. En dos de ellos, aunque EEUU y Francia están en la misma onda, no coinciden en todo. O, como lo puso un diplomático estadounidense esta semana, "somos aliados, pero no estamos alineados". El más obvio es Ucrania. Francia ha dado apoyo económico y militar a gran escala al Gobierno de Kiev, incluyendo los obuses CESAR, que han diezmado a las tropas rusas en el Este y Sur del frente de batalla. Pero Macron continúa tratando de mantener un canal de comunicación abierto con Vladimir Putin, algo que en Washington muchos creen que es, más que por otra cosa, por la característica que más tiene el presidente francés: soberbia. En EEUU nadie cree que Putin escuche a Macron, pero la opinión generalizada es que, con sus esfuerzos por acercarse al dictador ruso, el presidente francés permite a Moscú mantener su narrativa de una "solución negociada" al conflicto que la propia Rusia inició.

Para el Gobierno de Biden, las negociaciones con Rusia no tienen sentido, dado que Moscú solo las propone cuando la guerra le va mal, y combina esas ofertas de apertura con el bombardeo sistemático de toda la infraestructura civil ucraniana. Sullivan ha cortado de cuajo la propuesta del jefe del Estado Mayor estadounidense, Mark Milley, de considerar una solución diplomática al conflicto, y Biden declaró hace apenas tres semanas que los únicos que van a decidir si negocian con los rusos son los ucranianos. Washington, de hecho, se prepara para seguir enviando ayuda militar masiva a Ucrania hasta al menos el verano de 2023. Para entonces, EEUU espera que Moscú haya lanzado una gran ofensiva de primavera, después de un invierno en el que "las operaciones por tierra y aire van a ser complicadas, por el barro en el primero de los casos y el mal tiempo, en el segundo", según dijo el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, John Kirby, en una rueda de prensa telefónica este miércoles.

El segundo elemento de debate es China. Ahí, tanto Biden como Macron van a poder comparar apuntes, ya que ambos se reunieron con el presidente de ese país, Xi Jinping, en la reciente cumbre del G-20 en Bali, hace tan solo dos semanas. De nuevo, al igual que en Ucrania, la coincidencia de objetivos generales no se da al entrar en los detalles. Francia promueve una política más flexible frente a China, algo que EEUU, lanzado a una política de contención de Pekín que recuerda a la aplicada durante la Guerra Fría con Moscú, se opone en redondo.

Pero la mayor pelea es la que menos titulares concita. Y se resume en una sigla: IRA. O sea, la Ley de Reducción de la Inflación, pero en inglés. Aprobada en septiembre tras un año de debate en el Senado, es una de las iniciativas estrella de Biden, ya que prevé 370.000 millones de dólares (358.600 millones de euros) para la transición ecológica en EEUU.

Y bien ¿qué tiene una ley que alinea, en teoría, la política estadounidense contra el cambio climático con la europea?

La respuesta en dos palabras: "Buy American". O sea, "compra americano". La ley prevé enormes incentivos fiscales y subvenciones a la compra de vehículos eléctricos y equipos de energías limpias fabricados en Estados Unidos. En otras palabras: los europeos, que son líderes en esas industrias, deberán construir fábricas al otro lado del Atlántico en vez de exportar sus equipos desde Europa, si quieren que éstos tengan un precio competitivo.

Ambas medidas han enfurecido a Francia y a Alemania, dos países que están realizando una transición energética dentro de la que destaca el sector del motor. Y, si hay alguna industria que tenga peso político en Alemania, es la de la fabricación de coches. Así que la idea de que las baterías de los coches eléctricos tengan que ser fabricadas en EEUU en vez de en Alemania o Francia no ha sentado nada bien a Macron y a Scholz. Sobre todo, porque las empresas galas y germanas se están tomando muy en serio las promesas de EEUU: el 35% de las empresas alemanas que fabrican componentes para coches eléctricos se plantean invertir en Estados Unidos, frente a solo el 32%, que planean hacerlo en su país de origen. Las medidas de Biden, así pues, tienen un efecto muy real.

Y Francia es, desde luego, quien se lo ha llevado peor. El ministro galo de Finanzas, Bruno LeMarie, ha acusado a Estados Unidos de practicar "una política industrial china". Ese es exactamente el tipo de insulto que en Washington no hace amigos. Y tampoco en Berlín. Aunque Scholz apoya la posición francesa, no quiere una guerra comercial trasatlántica por los subsidios a la transición energética. La razón, previsible en el siempre cauto canciller alemán, es, una vez más, Ucrania.

Aun así, no parece que se pueda hablar, al menos por momento, de un frente francoalemán común contra Estados Unidos en este campo. Al contrario. Tras sumarse a las tesis francesas, el Gobierno de Olaf Scholz ha girado y ha dejado al de Emmanuel Macron solo. La razón de ese cambio es, precisamente, la guerra de Ucrania. Según Berlín, con Europa sumida en su peor conflicto bélico desde la Segunda Guerra Mundial, y más dependiente de la ayuda militar estadounidense, que nunca en las últimas tres décadas, buscar un agravamiento de las tensiones comerciales trasatlánticas es un acto de irresponsabilidad.

Aun así, Macron y su equipo van a plantear sus quejas a Biden en Washington. Y las van a vincular a la competencia estratégica con China. Según París, si Estados Unidos debilita a las empresas tecnológicas europeas, está facilitando la expansión de las chinas. Es un argumento que probablemente Biden no compre, en parte porque las grandes empresas de Silicon Valley creen que están siendo tratada injustamente por Bruselas, que con sus investigaciones a compañías como Apple, Meta (Facebook, Instagram y WhatsApp) y Alphabet (Google) por sus presuntas prácticas opuestas a la libre competencia, está abriendo las puertas del mercado del viejo continente a compañías como TikTok de la empresa estatal china ByteDance. El poder de Silicon Valley en Washington, además, ha subido mucho este mes, después de que los demócratas lograran conservar el control del Senado.

Por otro lado, la idea, lanzada por Francia, de qué Estados Unidos de a las compañías europeas un tratamiento similar al que reciben las canadienses mexicanas, parece tener un apoyo muy limitado en Washington, donde se recuerda que tanto México como Canadá tienen forman parte del acuerdo de libre, comercio de América del Norte, en el que también está Estados Unidos. Entre EEUU y la UE, sin embargo, no hay nada parecido.

Así que la lucha por la primacía tecnológica en el siglo XXI puede convertirse en la gran línea de fractura del romance político, entre Joe Biden y Emmanuel Macron. Es muy probable que la cumbre lo deje todo para, literalmente, el lunes que viene. Porque ese día se celebra una nueva reunión del Consejo Tecnológico y Comercial EEUU-UE establecido en 2021, con el objetivo de coordinar la política tecnológica trasatlántica para, precisamente, hacer frente a la competencia de China. Allí volverá a continuar la negociación.

Aun así, Macron y su equipo van a plantear sus quejas a Biden en Washington. Y las van a vincular a la competencia estratégica con China. Según París, si Estados Unidos debilita a las empresas tecnológicas europeas, está facilitando la expansión de las chinas. Es un argumento que probablemente Biden no compre, en parte porque las grandes empresas de Silicon Valley creen que están siendo tratada injustamente por Bruselas, con sus investigaciones a compañías como Apple, Meta (Facebook, Instagram y WhatsApp) y Alphabet (Google) por sus presuntas prácticas opuestas a la libre competencia y, sobre todo, por la DMA (Ley de Mercados Digitales), que aún no ha entrado en vigor pero que será un golpe a las empresas tecnológicas estadounidenses.

Dado que la UE no tiene ni un solo jugador en la primera división tecnológica mundial, EEUU teme que a cambio de atacar a sus empresas, Bruselas esté abriendo las puertas del mercado del viejo continente a compañías como TikTok de la empresa estatal china ByteDance. El poder de Silicon Valley en Washington, además, ha subido mucho este mes, después de que los demócratas lograran conservar el control del Senado.

Por otro lado, la idea, lanzada por Francia, de qué Estados Unidos de a las compañías europeas un tratamiento similar al que reciben las canadienses mexicanas, parece tener un apoyo muy limitado en Washington, donde se recuerda que tanto México como Canadá tienen forman parte del acuerdo de libre, comercio de América del Norte, en el que también está Estados Unidos. Entre EEUU y la UE, sin embargo, no hay nada parecido.

Así qué la lucha por la primacía tecnológica en el siglo XXI puede convertirse en la gran línea de fractura del romance político, entre Joe Biden y Emmanuel Macron. Es muy probable que la cumbre lo deje todo para, literalmente, el lunes que viene. Porque ese día se celebra una nueva reunión del Consejo Tecnológico y Comercial EEUU-UE establecido en 2021, con el objetivo de coordinar la política tecnológica trasatlántica para, precisamente, hacer frente a la competencia de China. Allí volverá a continuar la negociación.

Pero, para entonces, Macron ya estará en el Elíseo y su visita triunfal a Washington será solo un recuerdo marcado por el afecto y la falta de resultados concretos.

 

El Mundo (España)

 



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