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23/09/2017 | Argentina- El futbol, pasión de multitudes

Vicente Massot

Trascendió, en el curso de la semana pasada, que los peritos de la Gendarmería habían determinado que el ex–fiscal Alberto Nisman, lejos de suicidarse, resultó asesinado en su departamento por dos personas cuya identidad —obviamente— se desconoce.

 

Inclusive el diario Clarín publicó con pelos, señales y croquis las conclusiones que extrajeron los especialistas de esa fuerza de seguridad, luego de analizar durante meses el caso. En otras circunstancias, la noticia —que no necesita confirmación oficial para ser creída— habría generado un terremoto. Pero no pasó nada. Es como si, harta del tema, la sociedad argentina le hubiese dado la espalda

En otro orden, el caso Maldonado —cual era de esperar— no ocupa con la misma frecuencia que en las semanas anteriores la primera página de los diarios. Su desaparición suscita, todavía, el griterío de grupos ideológicos minúsculos, a los cuales pocos le llevan el apunte. Quienes en su momento especulaban con la posibilidad de que tuviese las consecuencias propias de un cisne negro en la escena política, a esta altura se habrán dado cuenta de que, entre nosotros, nada es permanente. No hay cuestión —por importante que resulten sus efectos— a la cual no le llegue, tras un cuarto de hora de fama, el momento del olvido.

De este fenómeno tampoco se salvan los candidatos que van de un lado para otro con el propósito de sumar voluntades a su favor el 22 de octubre. Substanciadas las PASO hacemás de un mes, no existen hoy incertidumbres de peso que puedan dotar a los próximos comicios de alguna atracción. Todos dan por descontada la derrota de Cristina Fernández en la provincia de Buenos Aires, y no hay dudas de qué tanto consolidará su poder Mauricio Macri una vez que se abran las urnas.

Los temas de fondo brillan por su ausencia en las campañas electorales de los distintos partidos; y es lógico que así sea. Al menos en un país como el nuestro. La razón no requiere de expertos para que sea explicada: ninguno del elenco oficialista podría —salvo que tuviese una curiosa vocación suicida— hablar del ajuste futuro, y en cuanto al arco opositor sus libretos son flojos. Sólo Cristina Fernández despierta cierto interés —lo revela el rating que obtuvo el programa en el cual fue entrevistada por el periodista Luis Novaresio— aunque lascríticas que cosecha son de mucho mayor volumen que los elogios.

Guste o escandalice, lo cierto es que durante los siguientes quince días —o sea, desde hoy y hasta el momento en que el árbitro del encuentro haga sonar su silbato y comience a rodar la pelota, el 5 de octubre— la atención de buena parte de la ciudadanía estará concentrada en lo que pase en el partido de fútbol entre la Argentina y el Perú.

Definir si nos clasificamos para intervenir en el campeonato mundial del año que viene en Rusia es asunto de la mayor trascendencia. Sobre todo en atención al hecho de que un empate —y ni hablar de una derrota— dejaría al combinado nacional al borde del abismo.
Perú ya nos dio —en 1969, precisamente en la cancha de Boca— un disgusto del que preferimos no acordarnos y, para colmo de males, llegará a estas playas entonado. Los dirigidos por Sampaoli se hallan, en cambio, apichonados y cascoteados como pocas veces antes.

De alguna manera, el deporte del balompié, al despertar tamañas pasiones, en situaciones límite relega a todos los otros problemas a un segundo plano. Si la Argentina ya hubiese obtenido su pase para viajar a Moscú a mediados de 2018, la puja futbolística con Perú sería, apenas, un trámite de rutina. Pero como lo contrario es cierto, cuanto hagan Messi, Di María, Dybala, Mascherano y compañía resultará infinitamente más relevante que el anuncio oficial de que Nisman fue víctima de un atentado o de lo que finalmente suceda con Maldonado.

No hay pizca de exageración ni de fina ironía en lo escrito. Es un hecho de la realidad que cualquiera con un mínimo de sentido crítico puede constatar con sólo asomarse, sin anteojeras ideológicas, a la realidad. El fenómeno reseñado no es nuevo. No resulta producto
del desencanto o de una frivolidad que obraría a la manera de una segunda naturaleza de los argentinos. Para nada.

Ahora bien, que sea así no disuelve —como por arte de magia— ninguna de las asignaturas pendientes que tiene el país en general; ni el gobierno presidido por Mauricio Macri,en particular. Más allá de cuál sea el resultado final en la Bombonera, gane o pierda la Argentina, se clasifique o deba ir a repechaje, el año electoral no ha terminado y, más importante aún, no conocemos —al margen de los dimes y diretes que pueblan los mentideros políticos— cuál será el plan de la administración actual luego de ganar, acrecentar su musculatura y enfrentar un horizonte limpio de comicios hasta dentro de dos años.

Sobre el particular no hay consideraciones menores. A partir del próximo mes de noviembre es posible que Cambiemos asuma algo fundamental, y obre en consecuencia: que tendrá no sólo el gobierno sino también el poder. La diferencia entre una cosa y la otra no es cuantitativa sino cualitativa. El ensanchamiento de los espacios de maniobra con los que contará Macri, está fuera de discusión. El interrogante que existía hasta antes de las PASO en punto a cuanto aguantaría el presidente, nadie se lo plantea. La incógnita es qué hará con el poder. Está asegurada la deriva gradualista. En ese aspecto no habrá cambios. Al mismo tiempo, es un secreto a voces que la administración de Cambiemos planea realizar una serie de reformas en el plano laboral, judicial e impositivo. ¿De fondo o cosméticas? —Nadie lo sabe.

Prensa Republicana (Argentina)

 


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