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22/07/2018 | Repaso geopolítico de la Copa del Mundo

Carlos Alzamora

Cuando en junio de este año se encontraron en Rusia los 32 equipos seleccionados para disputarse la Copa del Mundo, se había reunido lo mejor del fútbol internacional, pero también lo que resultaba una especie de pequeña y selecta ONU.

 

Porque  de los grandes del mundo  sólo faltaban  China y Estados Unidos,  y de los grandes del fútbol -los  ganadores de la Copa  desde 1930-sólo estaba ausente Italia, que no clasificó.  De  los 32 equipos, 13 eran europeos, 8 latinoamericanos, 5 árabes o musulmanes, 4 asiáticos y 2 africanos.

Los 32 países ostentaban diversos pasados históricos, culturas, razas, religiones, ideologías  y costumbres, pero estaban identificados por su pasión por el fútbol. Los acompañaban nutridas hinchadas  de compatriotas  que, por su número y su fervor, dieron a esta Copa una dimensión y una resonancia  sin precedentes.     

Porque esos equipos en pugna eran también naciones y  pueblos, que vibraban  al conjuro de su patriotismo y de sus historias, que incluso los habían llevado  a enfrentarse en el campo de batalla a países con cuyos equipos les tocaba ahora competir. Así, Alemania, Bélgica. Corea, Croacia, Francia, Inglaterra, Japón, Polonia, Rusia y Serbia  habían participado, en   bandos opuestos y  en diversas formas, en las dos guerras mundiales,  mientras que Marruecos, Senegal y Túnez  habían sido colonias de Francia o España, y  Egipto y Nigeria de Inglaterra.

En nuestra región, el remoto episodio de la intervención francesa en México y, más  próximo, el de las Malvinas, que enfrentó a  la Argentina con Inglaterra, son otros ejemplos. Pero esa pasión por el fútbol había valido también de ingrediente o pretexto para desatar conflictos armados, como el que, conocido como "La Guerra del Fútbol", enfrentó a Honduras y El Salvador en el proceso de definición de su clasificación para la Copa de 1970.

 Estas evocaciones no eran las que predominaban en el ánimo de los equipos y sus barras, totalmente entregados, como estaban, a la pasión del juego. Pero la geopolítica se coló en esta Copa cuando la FIFA, que debía nominar siempre a árbitros y asistentes imparciales, cometió el curioso error de nombrar árbitro a uno de Estados Unidos y, como sus asistentes, a uno de Nueva Zelanda, uno de Canadá y otro de Estados Unidos para el partido de Colombia contra Inglaterra, no obstante ser ésta  la Madre Patria de los Estados Unidos y también la de esos dos Dominios británicos, cuyo jefe de estado es la Reina de Inglaterra. Y el árbitro estadounidense  no tardó en poner en duda su imparcialidad cuando -a más de sacar 6 tarjetas amarillas a los colombianos contra 2 a los ingleses- cobró a Colombia un discutido penal y se negó a verificarlo en el VAR, lo que fue decisivo para la victoria inglesa, que, sin el supuesto penal, habría sido de Colombia por 2 a 1. Tal vez la FIFA, porque no adivinó la capacidad de llegada de Croacia e incluso si la previó, quiso refrescar las filas de los ganadores de la Copa con potencias mayores, y así le abrió al fútbol británico el camino de la semifinal, que no sobrepasó por su derrota ante Croacia, el Uruguay europeo con sus sólo 4 millones de habitantes y sus 56 mil kilómetros cuadrados. 

La Copa del 2018 reveló una vez más sus  especiales características: impredecible, como cuando el mundo vio caer en rápida sucesión a Messi, Ronaldo y Neymar; multirracial, con jugadores de todos los colores en un mismo equipo; y multinacional, como en el equipo inglés, de cuyos 11 jugadores 6 eran de ascendencia no inglesa. Pero, vista en su conjunto, la Copa  de Moscú dejó como saldo principal el desenlace histórico de la vieja rivalidad entre el fútbol europeo y el latinoamericano, que ahora caía vencido y eliminado por causas complejas, entre las que se mencionan los perjuicios del individualismo, la exportación del talento y los millonarios traspasos. No obstante, el creciente interés de los públicos latinoamericanos por el fútbol, testimoniado en la presencia de decenas de miles de sus hinchas en los estadios rusos y el apoyo político y material  que ello conlleva, parecerían augurar días mejores para el futbol latinoamericano.

Moscú presentó también novedades que, en su momento, parecieron capaces de resquebrajar el tradicional predominio de las grandes potencias futboleras y alterar la relación con las emergentes.

En efecto, fue  creciente el  número de casos en los que los equipos del Tercer Mundo ganaron o empataron  con los equipos del Primer  y el Segundo Mundo, de los cuales el  más resaltante fue el triunfo de México sobre Alemania, el campeón del mundo. Pero también destacaron  los  partidos ganados de Uruguay-Rusia,

Brasil-Serbia,  Nigeria-Islandia,  Perú-Australia y, por cierto, el Croacia-Inglaterra. 

Cabe mencionar también los partidos empatados por los países tercermundistas, tales como el Irán-Portugal, Costa Rica-Suiza y Marruecos-España. Y estas situaciones, que levantaban la autoconfianza de los países emergentes, tuvieron un aliciente adicional en lo que podría llamarse la  solidaridad regional.

 Porque el apoyo de las barras tercermundistas se volcó siempre en favor del equipo que de facto las  representaba en la cancha, así no fuera el propio. Y  no hubo latinoamericano que no sintiera como suyo el triunfo  de México sobre Alemania, que otro país del grupo emergente –Corea del Sur- terminaría de eliminar.

 Pero, pese a sus denodados esfuerzos, los equipos  de la región

fueron cayendo uno a uno en el proceso. La prematura eliminación del Perú -que subestimó el partido con Dinamarca- fue seguida por la de los otros  países latinoamericanos, al punto de que al término de los Octavos de Final sólo quedaban en pie  Brasil y Uruguay, que finalmente serían  también eliminados.

Y vale  recordar que entre  los hechos históricos que encuadraron esta Copa, figuraba la agorera  circunstancia  de que la ciudad en que se decidió  la suerte del Perú –Ekaterimburgo- fue también el escenario del exterminio de la familia imperial rusa, cuando el 17 de julio de 1918 -hace exactamente cien años- el Zar Nicolás II, la Zarina, sus cuatro hijas y el Zarevitch Alexei, de 12 años de edad, fueron asesinados a balazos por sus captores en el sótano de la casa en la que los tenían recluidos. Nadie quiso recordar en esta Copa  tan trágico episodio, o fue instruido para no hacerlo, por comprensibles razones.

La eliminación de los ex-campeones Argentina, Uruguay y Brasil convirtió finalmente a la Copa Mundial en un Campeonato Europeo, en el que sólo competían equipos de ese Continente, mientras  los latinoamericanos debían contentarse con sus espectaculares éxitos iniciales y con la imagen de su fraterna solidaridad, expresada mil veces en el fervor compartidos de sus barras. Y en ese terreno, el Perú ocupó un puesto de honor y se hizo acreedor del aprecio y la simpatía  de los miles de hinchas  rusos y extranjeros que abarrotaron los hermosos estadios en que se disputó la Copa, y que expresaron en muchas formas  su admiración  por el rendimiento del equipo peruano, la labor de su entrenador y el apoyo masivo del país. Un apoyo que integró al Perú como no lo había sido antes y  que  le devolvió el orgullo en su equipo y su fe en el futuro del fútbol peruano. Una fe que se vio reforzada por la general acogida  que mereció la vuelta del Perú al campeonato mundial.

Pero en  el recuento de los merecimientos, debe inscribirse también, y en primer lugar, el unánime reconocimiento de los países participantes a Rusia, por su impecable organización de la Copa 2018, aún en sus más remotas ciudades. Un éxito mundial que compartieron tres mil millones de aficionados, pero del que estuvo excluido Donald Trump.

Moscú podría ser el punto de quiebre entre dos épocas del fútbol mundial, con una nueva camada de jugadores más jóvenes, con técnicas innovadoras  y más sedientos de fama y de gloria, y también  el preludio de otra Copa, que pudiera contar ya con la presencia  de China y, tal vez, hasta con la de Estados Unidos. Y, por supuesto, con la del Perú, si mantuviéramos el esfuerzo, la disciplina y la dirección que nos condujeron, con todos los títulos, a esta del 2018.

* Carlos Alzamora, Exembajador del Perú en los Estados Unidos.

Caretas (Perú)

 



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fecha
Título
23/09/2010|

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