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22/03/2015 | El Papa Francisco, ni un marxista ni un economista

Marian Tupy

Hace algunas semanas el Papa Francisco se defendió en contra de acusaciones de que él era un marxista, explicando que preocuparse de los pobres está en el corazón de las enseñanzas cristianas.

 


El Papa tiene razón. Preocuparse acerca de los pobres no significa que uno sea un marxista. Según la misma lógica, la defensa del libre mercado no hace que uno ignore los problemas de los menos afortunados. Citando extractos de un libro escrito por dos periodistas italianos y titulado This Economy Kills (Esta economía mata), el Papa indica “que la globalización ha ayudado a que muchas personas se saquen así mismas de la pobreza, pero ha condenado a muchas otras personas a morirse de hambre. Es cierto en términos absolutos la riqueza del mundo ha aumentado, pero la desigualdad y la pobreza han aumentado. No podemos esperar más para resolver las causas estructurales de la pobreza para poder curar nuestra sociedad de una enfermedad que solo puede conducir a nuevas crisis”.

Mientras que es cierto que los ingresos fueron más iguales durante gran parte de la historia de la humanidad, estos ingresos eran terriblemente bajos. Hace dos mil años, el producto interno bruto por persona en las partes más avanzadas del mundo eran de alrededor de $3,50 al día. Cerca de 1.800 años después, ese todavía era el promedio global. La Revolución Industrial acabó con las viejas estructuras de la sociedad feudal y con la economía agraria de subsistencia en la Europa Occidental, fijando así el escenario para el esparcimiento del gobierno representativo y la abundancia material. La pobreza no es nueva. La prosperidad sí lo es.

Escribiendo a mediados de los 1800s, Karl Marx observó de manera astuta los cambios que ocurrían a su alrededor. Como él escribió en El manifiesto comunista, “La burguesía, mediante la rápida mejora de todos los instrumentos de la producción, por los considerablemente facilitados medios de comunicación, atrae a todas, incluso a las naciones más bárbaras, hacia la civilización. Ha creado enormes ciudades, ha aumentado considerablemente la población urbana comparada con aquella rural, y ha por lo tanto rescatado una parte considerable de la población de la idiotez de la vida rural”.

Marx consideraba al comunismo como una mejora del capitalismo que beneficiaría todavía a más personas. No era una mejora y no benefició a más personas. La aplicación práctica de las doctrinas marxistas —la nacionalización de la industria, la colectivización de las haciendas, el abandono de la competencia y de la motivación de las ganancias, resultó en un desastre económico. En 1991, cuando la Unión Soviética colapsó, el estadounidense promedio vivía siete años más y ganaba 151 por ciento más (ajustado para el poder de la paridad de compra) que el ciudadano promedio de la USSR.

A diferencia de su contraparte soviética, el ciudadano estadounidense promedio podía expresar libremente sus opiniones, venerar a la deidad que eligiese, asociarse con quién deseara y viajar a donde quisiera. No tenía que preocuparse acerca de un arresto arbitrario ni de un encarcelamiento ilegal. Más importante todavía es que no tenía que preocuparse acerca de convertirse en uno de los 100 millones de personas que murieron en manos de los gobiernos comunistas durante el curso del siglo XX.

La conexión entre la planificación central (como la practicaron los gobiernos comunistas, socialistas y fascistas a lo largo de la historia) y la represión masiva es casi automática. Como el economista austríaco Friedrich Hayek señaló, mientras más evidentes se vuelven las fallas de la planificación central, más fuerza se requiere para evitar que la gente se revele en contra de la planificación central. Eso es precisamente lo que sucedió en el Chile de Salvador Allende y en la Nicaragua de Daniel Ortega y es lo que está pasando hoy en la Venezuela de Nicolás Maduro y en la Cuba de Raúl Castro.

Uno esperaría que un Papa argentino condenara de forma vigorosa las dos últimas dictaduras socialistas en América Latina. En cambio, el Papa Francisco continúa con diatribas en contra del libre mercado. Es aquí donde las afirmaciones del Papa son menos comprensibles, dado que toda la evidencia disponible apunta hacia una conexión entre la globalización (la liberalización económica en casa y el libre comercio con el extranjero) y una masiva reducción de la pobreza global.

Según el Banco Mundial, alrededor de 1.900 millones de personas vivián con menos de $1,25 al día en 1990. Veinte años después, solo 1.000 millones de personas vivieron en pobreza extrema. La tasa de pobreza cayó de 36,4 por ciento a 14,5 por ciento.

Laurence Chandy de Brookings Institution estima que si los países en vías de desarrollo continúan creciendo con la tasa actual, el número de personas caerá a 200 millones para 2030. En sus palabras, “una reducción de pobreza de esta magnitud no tiene paralelo en la historia: nunca antes tantas personas habían sido sacadas de la pobreza durante un periodo tan breve de tiempo”.

Al devolver el enfoque de la Iglesia hacia los sufrimientos de los pobres, el Papa se ha vuelto muy amado y admirado. Su prestigio e influencia son comparables a su humanidad y humildad. Pero con gran influencia viene también una gran responsabilidad. En el contexto de la lucha global en contra de la pobreza, el Papa debería saber y decir que el libre mercado es amigo de los pobres —no su enemigo.

Este artículo fue publicado originalmente en The Washington Times (EE.UU.) el 18 de enero de 2015.

El Cato (Estados Unidos)

 



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