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30/07/2018 | La corrupción alimentó el incendio de Grecia

Jordi Joan Baños

Un vicealcalde dimite por no haber evacuado la población mientras se celebran los primeros funerales de víctimas.Como una zona de guerra:

Un millar de casas han quedado inhabitables y 800 severamente dañadas.

 

Grecia celebra hoy los primeros funerales de los incendios de Mati, sin lograr enterrar la polémica. Ochenta y ocho muertos pesan demasiado y hasta ayer no se produjo la primera dimisión: la del vicealcalde de Maratón –de cuyo ayuntamiento depende la población costera–, que desoyó la recomendación de evacuar de los bomberos. Por otro lado, la búsqueda de las niñas gemelas Sofía y Vasiliki ha terminado mal, con la identificación de su ADN en el coche calcinado del abuelo, elevando a treinta los cuerpos hallados en la misma parcela .

Para acallar la indignación, el Gobierno griego está recurriendo a recetas comunes en países como India pero insólitas en la Unión Europea: no sólo indemnizará a la familia de la víctima sino que a un miembro le ofrecerá un empleo.

El último balance recoge un millar de casas inhabitables y 800 severamente dañadas. De noche, Mati es un agujero negro en el que hormiguean hasta la madrugada, como luciérnagas, los diferentes cuerpos de protección civil. La única excepción son los escasos hoteles abiertos y con generador, que se salvaron de las llamas por el celo de sus empleados.

Recurrir a las opiniones del taxista no caracteriza al mejor periodismo, pero en el caso de Mati es altamente recomendable. Muchos de sus vecinos son pensionistas relativamente acomodados que requieren constantemente de los servicios de profesionales como Ilías. “Fui a ver qué había sido de varios de mis clientes tan pronto como amaneció y, tras forzar la puerta, en dos casos me encontré con cadáveres en el suelo: una mujer en un caso y un matrimonio en otro, ancianos, todos asfixiados”.

Mati ha quedado arrasada y su aspecto es el de una zona de guerra. La cantidad de chalets consumidos por el fuego y con el tejado hundido hacen pensar en un bombardeo particularmente despiadado. El aire es irrespirable y las imágenes chocantes se suceden. En un terreno céntrico en pendiente, junto a su piscina indemne, deambulan como personajes a los que les han quemado el teatro, Kostas –el vicepresidente del club náutico– y su familia. Sin perder la dignidad, porque, por suerte, no lo han perdido todo y, sobre todo, no han perdido a nadie. Aunque su torre de tres plantas es ahora un montón de escombros, teniéndose que cobijar, hasta su regreso a Atenas, en la casita del servicio o las visitas, intacta.

Las hijas de Kostas, que huyeron en coche “en el último momento”, fueron advertidas del atasco y de una muerte probable por un amigo que las vio. El lunes pasado, en Mati, la diferencia entre la vida y la muerte podía ser un giro a la derecha o a la izquierda. “No había ningún policía dirigiendo el tráfico –protestan– y ningún funcionario se ha acercado a nuestra casa todavía”. Como recuerdan varios vecinos, lo más pavoroso era que se oía más incluso de lo que se veía, porque “la humareda tapaba hasta el incendio”, mientras que “todo eran chillidos y madres gritando a sus hijos extraviados entre explosiones”.

La propietaria del Minimarket Mati exhibe uno de los rostros más deprimidos en una población en la que estos no escasean. Y eso que su supermercado presenta un aspecto impecable: “Mi marido se pasó la noche en vela regando cada centella que alcanzaba la tienda y el pino de enfrente, que estaba inflamado”. Pero como centro neurálgico de una de las zonas más afectadas, la terrible muerte de “muchos clientes” han dejado a la mujer traumatizada. Este viernes fue el primer día en que recogía los periódicos del repartidor y los desplegaba. porque antes “no estaba en condiciones psicológicas ni de mirar la portada”.

El enorme supermercado Proton, cien metros más abajo, no tuvo tanta suerte y ardió por completo. Los que lo regentaban, en régimen de alquiler, no volverán a abrirlo. Han perdido todo el género, pero “eso es todo”. “Aquí el seguro solo cubre los incendios por fallos de electricidad”, dice resignado el tendero.

En el edificio de encima y en los de al lado, el azar ha abrasado completamente algún apartamento, dejando el resto intacto. Grigoris, hombre previsor, fue de los pocos que logró salvar el coche, aparcándolo “junto a los que ya se habían quemado”. Menos suerte tuvo el vecino de arriba: “Se ausentó dejando la puerta del balcón abierta para los gatos y una chispa prendió las cortinas”. En su manzana, dice, “han muerto doce personas. Seis de ellas dentro del coche, en un atasco”.

Grigoris, un joven economista que filmó desde su balcón la maratoniana progresión de las llamas, ofrece una de las visiones más lúcidas de lo que sucedió. “El 99% de las veces sopla viento del norte o nordeste, pero esta vez sopló del oeste”. Según él, el ayuntamiento hace ver que desconoce la ilegalidad de por lo menos la mitad de las casas, mientras que los vecinos hacen ver que se les presta algún servicio. La catástrofe se veía venir.

“Son casas construidas gracias a un soborno y legalizadas al cabo de los años a cambio de otro soborno. La construcción rampante ha cegado casi todos los accesos a la playa y sólo quedan tres en dos kilómetros, que la gente desviada desde la carretera principal no tenían por qué conocer. Los mandaron a la muerte”.

Aunque hay quien culpa a los severos recortes presupuestarios de lo sucedido, este economista no lo ve así. “Esto no tiene nada que ver con la austeridad. El problema es anterior y en el 2007 sucedió lo mismo. En toda Grecia sólo hay doce hidroaviones de bomberos y tienen 45 años, a pesar de que en zonas como esta hay incendios todos los veranos.”

No es el único que considera que escudarse en el carácter provocado de los incendios, con varios focos –“por intereses políticos o urbanísticos”– es inaceptable: “La obligación de las administraciones es estar preparadas para salvar vidas”.

Donde más gente perdió la vida fue, no por casualidad, donde más violento fue el incendio. Por lo que produce desasosiego ver cómo es precisamente en dichos puntos donde, varios días después, la tierra sigue humeando por la combustión de las raíces. De que esta esquina entre dos parques fue un infierno dan fe los gruesos asientos de madera de los columpios, reducidos a una raya blanca de ceniza.

Una de las víctimas colaterales del fuego es el archivo del cineasta Theo Angelopoulos, según ha declarado su viuda, que aun lamentándolo, debe preferir haber salvado a su nieta.

Tras los incendios, los griegos se preparan ya para los aguaceros venideros, sin árboles que los retengan. Tras la hecatombe, el cataclismo.

La Vanguardia (España)

 



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