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11/03/2017 | La violación, arma de guerra birmana contra los rohingya

Mónica G. Prieto

El 43% de las refugiadas de esta minoría musulmana entrevistadas por el Alto Comisionado de los Derechos Humanos han sido violadas

 

Sayeda Begam, de 25 años, acababa de presenciar cómo disparos de los militares birmanos mataban en el acto a su marido. "Lo vi desde la ventana, pero no podía dejar a mis hijos solos en la casa", musita mientras los tres críos, de cinco, dos y un año, dormitan en la esterilla que recubre el precario suelo de adobe de su nueva vivienda, en el campo de refugiados rohingya de Balikhali, en Bangladesh.

El aplastante calor es amplificado por los plásticos que recubren, como gigantes bolsas de basura, las raquíticas varas de bambú que entretejen muros ficticios. Envuelta en su abaya negra, la viuda rohingya no parece sentir calor ni frío. "Los bebés comenzaron a llorar, y regresé a la cama hasta que se durmieron. Eran las 04.00 de la mañana. Entonces entraron dos uniformados. Uno se quedó en la puerta, mientras el otro se acercó a mí. Forcejeamos, grité y empezó a golpearme. Mi hijo mayor empezó a llorar y a él también le pegaron, y de pronto quedó en silencio, a mi lado, en la cama: pensé que se había dormido", relata la mujer. "Aquel hombre comenzó a violarme, y al rato perdí la consciencia. No sé cuántos abusaron de mí aquel día".

Cuando los militares y policías se marcharon, las vecinas fueron quienes asistieron a Sayeda, ayudándola a volver en sí. "Yo me sentía sin fuerzas, sin concentración. Mi hijo mayor se volvió a mí y me dijo: 'Yo me hice el dormido, pero lo ví todo. ¿Por qué nos hizo eso la Policía?". Le pregunto si los uniformados decían algo durante el asalto sexual, y su mirada se endurece aún más. "Me decían que Birmania no es nuestro país, que somos bangladeshíes. Que nos debemos marchar, y si no, nos matarán y nos violarán".

Como tantas otras víctimas de violaciones y agresiones sexuales que ha dejado la actual campaña militar contra la comunidad rohingya, a Sayeda Began y a sus hijos el episodio les ha roto la vida. Aquel día de hace dos meses en que un centenar de uniformados asaltaron la aldea de U Shey Kya, en el noreste del estado de Rakhine, terminó con su normalidad y dio paso a una travesía que terminó hace casi un mes, cuando cruzaron la frontera con Bangladesh, vía de escape natural de su región.

Sayeda llevaba consigo el estigma de la mujer musulmana violada, a cargo de hijos pequeños. "Mi vida se ha acabado. Nadie se hará cargo nunca de mí", dice con una mezcla de rencor y tristeza. El crío, Amamol Hassan, mira con sus enormes ojos redondos a los visitantes, con expresión de comprenderlo todo sin entender nada. No hay risas infantiles en su chamizo, a diferencia del resto del campo de refugiados de Kutupalong, donde incluso en la pobreza más acuciante los más pequeños encuentran en un bidón raído una pelota de fútbol, o en un saco de arroz deshilachado un improvisado carrito. "Mi hijo se echa a llorar cuando escucha a otros niños llamar a sus padres. Por eso no salimos de aquí. Para no escuchar la palabra 'papá'" .

Como Sayeda, son muchas las víctimas de abusos sexuales a manos de los militares birmanos que viven recluidas, avergonzadas y estigmatizadas. Parte fue violada y/o acosada; otra parte abusada durante los llamados "cacheos" invasivos con los que, aseguran, los uniformados buscaban dinero y joyas escondidas bajo las ropas. En lugar de defensa o solidaridad, sólo pueden esperar marginación y humillación. Y no se trata de un problema menor: el 43% de las refugiadas rohingya que la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos entrevistó para su informe fueron violadas y el 31% fueron víctimas de violencia sexual. El 65% de los entrevistados asistió a asesinatos, el 56% presenció arrestos, el 64%, palizas y la misma cifra vio con sus propios ojos el incendio y la destrucción sistemática de sus aldeas.

Es el caso de Halima Jatum, de 22 años y dos pequeños perdidos entre sus faldas en el campo de Balikhali: abusaron de ella tres uniformados durante la incursión de las tropas en Ngar Sar Kyu, mientras otros tres hacían lo mismo con su cuñada, Mustapha. "Tardaron una hora y media en marcharse. Mientras uno terminaba, los otros esperaban su turno en la puerta y golpeaban a los niños para que dejaran de llorar", explican con voz queda, pese a que entre los muros de plástico las palabras recorren todo el campo.

Sus maridos habían sido detenidos, y se sentían indefensas: ahora, además, Halima podría sentirse traicionada. Cuando los dos hermanos regresaron y supieron de la agresión, su marido se marchó para nunca regresar.

Tanto la ONU como diversas ONG han denunciado las violaciones y abusos sexuales cometidos por el Ejército birmano en la actual ofensiva, aunque el Gobierno de Naypyidaw ha concluido, en investigaciones internas, que no existieron. El portavoz gubernamental Zaw Htay ha acusado incluso a los residentes de inventarse las acusaciones como parte de la campaña de desinformación lanzada por los insurgentes rohingya que lanzaron un ataque coordinado contra tres puestos fronterizos el 9 de octubre, matando a nueve guardafronteras. El objetivo era robar unas 300 armas, pero la actuación de este improvisado grupo armado que se hace llamar Haraqah al Yaqin desató una operación militar 'antiterrorista' que ha derivado en un castigo colectivo que incurre en potenciales crímenes contra la Humanidad, como masacres contra civiles, ataques contra refugiados en plena huída, incendio de viviendas y las violaciones narradas.

"El propósito oficial de la ofensiva era detener a los insurgentes y recuperar las armas, pero en la mayoría de los casos, antes de que lleguen los militares, los varones huyen. Cuando el Ejército finalmente toma la localidad, cazan a quien pueden. Registran las casas, roban lo que encuentran, prenden fuego a las viviendas y se ceban en la población civil", explicaba días atrás en Bangkok Phil Robertson, de Human Rights Watch, recién llegado tras varias semanas de investigación en Birmania "Se han documentado casos de gente que fue disparada mientras huía, civiles asesinados con cuchillos, cacheos de carácter sexual, violaciones y abusos sexuales de todo tipo. Incluso hay informaciones de bebés lanzados a las llamas. También creemos que hay fosas comunes, aunque como el Gobierno birmano nos impide entrar en Rakhine es algo que no podemos documentar, como sí hicimos en 2012".

"Lanzaron mi bebé al suelo y comenzaron a violarnos"

El responsable de HRW se refiere al más sangriento precedente de la actual campaña: una ofensiva lanzada por aldeanos budistas de Rakhine contra los rohingya, desatada por el rumor de la violación de una joven por varios musulmanes y alimentada por los monjes budistas ultranacionalistas y los panfletos que instaban a la limpieza étnica, distribuidos por políticos municipales. "Entonces sí había un plan claro destinado a la limpieza étnica. Participaron agentes de Policía, monjes budistas, aldeanos y miembros del Partido nacionalista de Arakan, en zonas mixtas de Sitwe que terminaron limpiando". De aquella campaña, en Sitwe sólo quedaron dos barrios rohingya, rodeados permanentemente por el Ejército y con una población sin libertad de movimientos, acceso a la educación o a la sanidad: dos campos de desplazados con forma de guettos que dependen de la ayuda internacional para subsistir en condiciones miserables.

A Taiaba Begam, de 30 años, la violaron cuando aún estaba convaleciente del parto del bebé a quien hoy amamanta, nacido dos semanas antes. Convivía con otras desplazadas dado que, un mes antes, el Ejército había irrumpido en su villa deteniendo y matando a civiles: entre ellos, su propio hijo de siete años. "Estábamos 20 mujeres y niñas en la misma habitación. Cuando los uniformados llegaron, algunas intentaron escapar pero les atacaron. Una anciana se puso a rezar y le golpearon en la cabeza con un tronco. Entraron siete militares, y me tumbaron en un camastro. A mi lado, otras siete u ocho mujeres fueron obligadas a tumbarse. Los soldados lanzaron a mi bebé al suelo y comenzaron a violarnos por turnos. Empecé a sangrar mucho, me dolían las entrañas y perdí el conocimiento. Sólo recuerdo que me decían: 'este no es vuestro país. Si no os marcháis, os violaremos y os mataremos. Largaos de Birmania".

En el campo de Kuupalong, un médico rohingya, refugiado como el resto, muestra una lista con 24 nombres. "Son las mujeres recién llegadas que han denunciado haber sido abusadas. Sus nombres se suman a otra lista con un centenar de nombres, que habíamos recogido desde octubre", explica. "Pero muchas no quieren hablar, especialmente las más jóvenes. Temen que, si admiten haber sido abusadas, nadie quiera casarse con ellas", añade.

"Al principio, las víctimas son reacias a contarlo. Algunas denuncian haber sido violadas con los dedos o con armas", confiesa una trabajadora humanitaria local encargada de supervisar a las víctimas de agresiones sexuales en Ukhiya, localidad bangladeshí próxima a la frontera. "Los casos de violaciones y abusos son muy numerosos. Muchas piden hacerse exámenes de orina para saber si han quedado embarazadas", explica la joven, a cargo de una clínica local. "He recibido a dos hermanas gemelas que fueron violadas por cinco hombres cada una: su madre fue degollada por los uniformados". Esta activista ha documentado 18 casos en apenas unas semanas, pero desconoce a cuántos puede ascender el total.

En el campo de Balikhali, Kismat Ara, de 25 años, invita a entrar en el chamizo en el que una hora atrás modelaba escalones de barro con sus propias manos. "Yo estaba en el mismo pueblo que Halima y Mustapha. En un momento de la ofensiva, nos congregaron en la escuela a todos los residentes. A unos 300 hombres se los llevaron detenidos, en camionetas. Mi marido estaba entre ellos. Al resto nos golpeaban", explica. "Cuando horas después nos dejaron marchar, regresé a mi casa. Tres uniformados entraron y me obligaron a entrar en mi cuarto", continúa, apenas sin pestañear. "Me sujetaron las manos mientras me tocaban y me acosaban. Dos de ellos me violaron por turnos". Le pregunto si se hubiera defendido, en caso de tener armas, de sus agresores. "No me voy a levantar contra el Ejército, pero tampoco me voy a levantar contra quienes empuñen las armas en contra del Ejército", dice tras reflexionar unos segundos. "Sólo quiero justicia".


El Mundo (España)

 



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