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04/01/2014 | Brasil sin vuelta atrás

Juan Arias

Brasil entra en 2014 lleno de incógnitas políticas y económicas, pero sin ruido de sables. La nave que lleva a bordo a la democracia navega sin percances autoritarios desde hace casi 30 años, dejando en lejanía los 21 negros años de dictadura militar.

 

El país de la gente feliz, a pesar de sus grietas sangrientas de violencia producida sobre todo por el infierno del comercio de la droga, vive ya de manera estable en el territorio de las libertades democráticas de los países modernos.

Y esa vida en democracia, aunque se trate -como demostraron las protestas del pasado junio- de una democracia aún necesitada de ser liberada del peso que le fueron imponiendo las prevaricaciones de muchos políticos y las tentaciones populistas de turno, no tiene vuelta atrás. Hoy los brasileños, en su inmensa mayoría, ya no renunciarían a los valores democráticos conquistados con dolor y a veces, hasta con sangre.

Se trata de una realidad que es necesario resaltar. Este país -que en su capacidad de reivindicaciones políticas parecía un gigante adormecido, que aceptaba sin indignarse todas las fechorías y corrupciones cometidas contra la democracia por quienes deberían vigilarla- parece hoy inquieto y desilusionado con la política.

Brasil ha perdido la virginidad de su adolescencia y está demostrando que quiere seguir viviendo en democracia. Aunque lo demuestre solo a través de su decepción contra una forma de ejercer la política que considera una afrenta a la democracia ya conquistada.

La protesta contra la forma con la que los políticos actúan, la decepción ante sus conductas antiéticas, la amenaza del voto nulo masivo en las próximas elecciones, no significan un desinterés y menos un desprecio por la democracia, sino un afán por formas más limpias, más participativas, sin que las empañen privilegios, desigualdades y escándalos de corrupción que los medios de comunicación nos sirven cada mañana junto con el desayuno.

No he visto, en medio a las protestas y desencantos con la política, una sola voz pidiendo la vuelta de los sables de los militares o añoranzas por viejas dictaduras que acaban oprimiendo, sobre todo, a las clases más desposeídas.

Lo que se escucha es una cierta incredulidad y hasta miedo de que los políticos actuales no sean capaces de defender la conquistada democracia, que ha hecho crecer a este país en los últimos 30 años con aportaciones de unos y otros, en modernidad y en bienestar económico, aunque se desarrolle aún entre sangrantes desigualdades.

Mientras en países como Europa crece un malestar que tiene tintes de nostalgia por pasados autoritarios, con tentaciones antisemíticas, de caza al diferente, de intransigencias autoritarias que parecían olvidadas y muertas, en Brasil es al revés. Se lucha para abrir mayores márgenes de democracia y se protesta contra las posibles tentaciones de populismos o de diques a la democracia. Los brasileños quieren más democracia”, no menos. Y no temen a los diferentes o extranjeros: los acogen. No nutren añoranzas por dictadores del pasado y, si acaso, critican a muchos políticos que parecen a veces excesivamente autoritarios o con dificultades de aceptar la democracia con todas sus consecuencias.

Existe, por ejemplo, un cierto malestar entre los ciudadanos cuando los que ocupan el poder dan la sensación de haberse apoderado del Estado o se consideran insustituibles. O disgusto cuando, en ocasiones, los políticos en el poder se resisten a aceptar a una oposición y a una alternativa de poder legítima e indispensable para que la democracia no se corrompa.

Considerar, por ejemplo, a la oposición como enemiga por el simple hecho de que luche con armas democráticas para llegar al poder, es uno de los mayores peligros contra la democracia. Como lo es, al revés, el miedo de la oposición a ejercer como tal, a pesar de que a veces una parte considerable de la población pueda sentirse a gusto con el poder de turno.

En cualquier circunstancia, y en los mejores años de vacas gordas, la oposición política sigue siendo indispensable para que la esencia de la democracia, que es la alternativa en el poder, no acabe pudriéndose.

Pocos como el periodista e intelectual Reinaldo Azevedo, en su blog de la revista Veja y en su columna semanal del diario Folha de São Paulo, han subrayado siempre este temblor de la oposición ante las conquistas sociales del expresidente Lula da Silva y de su sucesora, Dilma Rousseff. Yo mismo escribí en este diario, recogido y traducido por el diario O Globo, un artículo titulado Y Lula se comió a la oposición. Y desde entonces la oposición democrática sigue sufriendo una especie de complejo edípico frente al poder del Partido de los Trabajadores (PT).

Brasil conmemorará este año la séptima elección presidencial consecutiva en la historia del país, como ha destacado el columnista de Folha de São Paulo, Fernando Rodrigues. Serán casi 30 años de juego democrático sin necesidad de que se agiten los cuarteles.

Los brasileños aceptarán en octubre sin dificultad el resultado de las urnas. Si, como indican los sondeos hoy, vuelve a repetir mandato la presidenta Dilma Rousseff y con ella el PT, Brasil lo celebrará. Y si, por imponderables que aún no aparecen claros, los brasileños se decidieran por una alternancia -a manos del centrista PSDB o del socialista PSB, por ejemplo, partidos ambos a los que la democracia de este país les es deudora- también habrá fiesta.

No me pasa ni por la imaginación que en el caso improbable de que el PT perdiera después de 12 años en el poder (en el que ha realizado conquistas indiscutibles, sobretodo en el campo social) pueda haber un intento de salida autoritaria.

Hoy nos puede parece normal que líderes históricos del partido del Gobierno, acusados de corrupción hayan pasado unas Navidades en la cárcel sin que se haya movilizado el partido, sin que el Gobierno haya firmado decretos de amnistía y sin que la calle se haya movilizado a su favor, pero sería algo impensable hace solo 20 años.  Todo ello ha sido posible gracias a una democracia consolidada, sin vuelta atrás. Ahora se trata solo de que siga siendo alimentada y enriquecida con mayores márgenes de libertad, menores desigualdades y un propósito firme de que esa democracia siga trayendo a los brasileños mayor bienestar económico, mayor seguridad personal y colectiva, mayores oportunidades para todos y no solo para los privilegiados, para no desperdiciar tantos talentos potenciales como alberga este país. Y una esperanza de mejora para los jóvenes, que tuvieron la suerte de haber nacido ya en democracia.

Podría parecer algo normal para los que nunca vivieron la tragedia de una dictadura. No lo es en la historia agitada del continente latinoamericano, azotado tantas veces en el pasado (y aún hoy en algunos de sus países) por el virus de populismos autoritarios, siempre enemigos de los valores democráticos, se vistan de rojo o de negro.

Esa conquista de la consolidación de la democracia, de la posibilidad de poder vivir en libertad sin la sombra de miedos policiales o vueltas atrás, es mucho más importante que ganar el Mundial.

Brasil entra pues en 2014 como campeón en su vocación indiscutible de defender y ampliar sus conquistas democráticas conquistadas con no poco y dolor y sacrificio.

Brasil no necesita ya de caudillos ni salvadores de la patria. Es un país moderno que ha entrado de lleno en la dinámica del juego democrático y que se siente a gusto en ella.

Quiere ser, eso sí, protagonista de esa conquista, sin dejarla solo en manos de los que pretenden imponerse a los ciudadanos en todas las decisiones, dejandoles solo la mísera libertad de votar cada cuatro años. Y de manera obligatoria.

Y eso tampoco tiene ya vuelta atrás. Sería mejor, por tanto, que no lo olvidasen los políticos. A ellos, por cierto, los ciudadanos no los aprecian más porque se implanten pelo, sino por sus valores éticos y su empeño en defender y perfeccionar la siempre imperfecta pero insustituible democracia, a la que hoy no existe otra alternativa que la barbarie.

El País (Es) (España)

 


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