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04/05/2014 | ¿Se está pudriendo el mundo del fútbol?

Juan Arias

La violencia en los estadios brasileños hace ver al fútbol como hoy un baile de dólares, corrupción e intereses

 

Faltan 40 días para iniciar el Mundial de Fútbol en Brasil y el joven de 26 años, Paulo Ricardo Gomes, hincha del equipo de Paraná resultó muerto y otros tres heridos al ser golpeados por la taza arrancada de uno de los retretes del estadio Arruda en Recife lanzada por alguien aún desconocido del Santa Cruz de Recife contra los seguidores del equipo de Paraná.

¿No era el fútbol un sustituto de las guerras, un juego entre rivales sin que fuera necesario que corriera la sangre? ¿Qué mecanismos atizan esa violencia en las gradas de los estadios?

Desde que Shakespeare escribió hace 413 años en Hamlet —una obra de intrigas y corrupciones— la frase que se haría célebre en el mundo: “Algo huele a podrido en Dinamarca”, muchas otras cosas han seguido y siguen oliendo mal en muchos otros lugares e instituciones, incluso en algunas de las más amadas por la gente como el juego del balón que despierta pasiones colectivas y que abraza a todos, ricos y pobres, intelectuales y analfabetos.

El fútbol, considerado hoy como un arte plebeyo, fue reglamentado por primera vez en la prestigiosa Universidad de Cambridge. Su historia en torneos internacionales ha pasado desde entonces por toda una serie de peripecias: desde la creación de la FIFA, cuyos algunos de sus miembros han estado involucrados en escándalos de intrigas y corrupción como en la obra de Shakespeare.

En Brasil, donde hoy el fútbol llama la atención del mundo, en vísperas de disputarse del nuevo Mundial, hace décadas solamente los blancos podían jugar en un equipo oficial en una suerte de regla no escrita. El primer club que empezó a aceptar jugadores negros y mulatos fue el Vasco Da Gama en 1923, en Río de Janeiro y que acabó siendo castigado cuando empezó a derrotar a los demás en la cancha.

Sería imposible recoger a escala mundial los infinitos y variados sentimientos que ha despertado el balón en la historia moderna. De dicho deporte se han interesado casi todas las ciencias porque, ha acabado siendo más que un deporte.

Quizás por ello, también hoy, sin necesidad de remontarnos a Shakespeare, podríamos decir que “algo huele a podrido en el fútbol”, ya que en vez de ser solo pura pasión deportiva de la que se ha llegado a decir que era un “sustitutivo de las guerras”, donde perder y ganar hacen parte sólo de un juego, ha entrado en una espiral de decadencia moral.

Y no me estoy refiriendo sólo al próximo Mundial de Brasil, sino en general a una institución en la que a través de sus poros se empieza a sentir el hedor de una traición. Y el dolor es mayor por parte de los aficionados, ya que traiciona sentimientos universales de placer y diversión de un deporte que era visto como algo limpio, noble, de todos, sin que el mercantilismo o el racismo vinieran a empañarlo.

Podríamos preguntarnos qué le está pasando al fútbol, que se ha convertido más en una empresa con sus sombras de lucro y violencia que en un juego.

Podríamos preguntarnos qué privilegios, intrigas e intereses comerciales se esconden detrás de esa sigla secular de la FIFA y en general de los clubes de fútbol.

¿Pueden seguir actuando como si desde su fundación el mundo no hubiese cambiado de los pies a la cabeza. Hoy en cien años se viven mil de antes. Y en el fútbol todo parece parado.

Podríamos preguntarnos si los ídolos del fútbol actúan todavía movidos por la pasión de antaño o más bien por ese baile de cifras astronómicas de dólares que se barajan como si fueran calderilla.

O qué significa ese mercado internacional en el que los jugadores son vendidos y comprados como si se tratara de ganado de raza o convertidos en una fría marca comercial.

O si los clubes no habrán entrado también en esa carrera maldita donde lo que menos cuenta es la esencia de lo que era el fútbol, sino la fría gerencia que piensa sólo en sus resultados financieros.

O por qué en un deporte que tenía como una de sus banderas más preciosas su universalidad y la ausencia de racismo, donde lo que contaba no era ni el color de la piel ni los títulos universitarios de los futbolistas sino el arte viva del espectáculo, hoy vuelve a ser manchado por los insultos a los jugadores negros.

O podríamos preguntarnos dónde se quedaron los tiempos en los que los jugadores que hicieron al fútbol mundialmente famoso, eran pobres cuya única riqueza la constituía los aplausos y el calor de los hinchas.

El fútbol, o recupera desde las botas y el corazón de sus jugadores, hasta los camarotes de los dueños de los clubes y de los señores encopetados de la FIFA, lo que le hizo entrar un día en el corazón de millones amantes de ese deporte, o pronto lo veremos arrastrarse por los suelos como tantas otras instituciones que pasaron de ser bendecidas por la gente a ser execradas.

¿Qué estoy exagerando? Los primeros que han empezado a advertirlo son los brasileños que han pasado de ser los reyes del balón, los malabaristas del fútbol, a una especie de desilusión con el Mundial porque parece que la mayoría de los brasileños hubiesen preferido verlo disputarse en otro país. Y los estadios aparecen cada día más vacíos y violentos.

Tan desilusionados están que los aficionados ni discuten con pasión los fichajes del seleccionador nacional como acontecía en el pasado. En una encuesta entre los lectores del diario Folha de São Paulo, sólo el 27% consideran favorito a Brasil y el 40% a Alemania. ¿Cabe mayor depresión y desinterés?

No es, sin embargo, la pasión por el fútbol la que está muriendo, ni en Brasil ni en el mundo. Esa sigue viva y palpitante en millones de aficionados del planeta. Lo que está doliendo y preocupando es ese olor a podrido que empieza a sentirse, dentro y fuera de los estadios, entre los dueños materiales del juego del fútbol y que recuerda el mundo de intrigas y corrupciones de la obra maestra de Shakespeare.

Ojalá el polémico Mundial de Brasil sirva para devolver al fútbol su olor a limpio como cuando era sólo un juego y una pasión y no como hoy un baile de dólares, corrupción y hasta violencia.

El País (Es) (España)

 



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