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06/05/2014 | ¿Por qué los queman?

Juan Arias

En las democracias desarrolladas y modernas los ciudadanos no aceptan viajar como ganado, y Brasil no es ya un país de Tercer Mundo

 

Nunca habían sido incendiados tantos autobuses en Brasil, 43 en lo que va de año, con un pérdida de 14 millones de reales como en los últimos tiempos. ¿Por qué los queman? ¿Qué simbolismo esconde esa violencia? ¿Existirá algo de freudiano en esos incendios?

Aparentemente, los queman por rabia las personas airadas de los suburbios y favelas que nunca acaban de ser pacificadas del todo, ya que en ellas sigue vivo el rescoldo de la violencia del narcotráfico. Incendian los autobuses cuando en ellas muere a tiros alguien de la comunidad.

Los queman también en el asfalto de la ciudad por otros motivos, como protesta. Lo hace la gente de a pie, la que cada día pasa horas dentro de esas cajas de lata, apiñados, sudados, cansados, camino de un trabajo generalmente duro y monótono.

Alguien podría preguntarse por qué justamente son esos trabajadores y estudiantes que usan diariamente el transporte público quienes atentan contra ellos.

Quizás, en su subconsciente, los destruyan porque los medios de transporte, autobuses o metro, constituyen para ellos una especie de calvario, una pesadilla cotidiana, un peso añadido a la fatiga del trabajo.

No fue casualidad que las manifestaciones de junio pasado, que dividieron a Brasil entre un antes de resignación y un después de irritación colectiva, comenzaron por el tema del aumento de los precios de los transportes, sin que las mejoras de los mismos justificase el aumento de sus costes.

Los trabajadores brasileños -sobre todo de las grandes urbes, donde las distancias para ir al trabajo son mayores- sufren un plus de cansancio y degradación humana al no poder viajar, como en los países desarrollados, con un mínimo de comodidad. Sentados, en autobuses limpios, que se muevan con fluidez en el tráfico, que lleguen y salgan con puntualidad.

He leído en la prensa brasileña que los trabajadores, especialmente de los suburbios distantes del centro, son tratados en los transportes colectivos “peor que ganado”, ya que los dueños de vacas y corderos se preocupan de que los animales no se hieran, no enfermen o incluso que no se mareen al viajar. Son preciosos.

En los autobuses públicos, dado que la gente que en ellos viaja no es propiedad de nadie, a pocos les preocupa, por ejemplo, que los ancianos vayan de pie, que madres con hijos pequeños se vean aplastadas, que el calor les haga a veces desmayarse o que no consigan bajarse al llegar a su parada porque viajan como en una caja de sardinas y ni a empujones consiguen salir. 

Yo, que viajo con frecuencia en autobús para poder escuchar y observar de cerca a la gente como periodista, he oído de todo, tanto haciendo filas para subir como dentro de ellos: desde el desespero por los atrasos hasta los insultos al conductor por sus frenazos o por no dar tiempo para que los mayores puedan bajarse sin miedo a caerse. He oído hasta decir: “Tendríamos que prenderles fuego a estos autobuses para que los políticos aprendieran de una vez”.

Y no eran marginales los que lo decían. Era gente que iba a trabajar nueve horas y aún tenía que afrontar al acabar, cansados, la vuelta en otros autobuses a veces aún más abarrotados.

¿Será quizás por eso que los ciudadanos no pierden el sueño cuando leen en los periódicos que en una noche han sido quemados 30 autobuses, o cuando los ven arder en las pantallas de la televisión?

Por eso y porque hasta los menos informados saben o intuyen que si los medios públicos de transporte son lo que son, y además caros, es porque detrás de esas empresas se esconden mafias varias, connivencias inconfesables con los poderes públicos

¿Por qué si no ese rechazo a instaurar una Comisión Parlamentar de Investigación (CPI) sobre la corrupción de las empresas de autobuses? Quizás porque la temen políticos de todos los colores acostumbrados a que los dueños de esas empresas les echen una mano generosa para sufragar sus campañas electorales.

He notado hasta ahora sin embargo, entre los precandidatos a la presidencia de la República, poco entusiasmo y énfasis en prometer mejoras claras en los transportes públicos para hacerlos más modernos, más cómodos y más baratos en un país rico y en algunos aspectos moderno y avanzado. Que tengan cuidado dichos candidatos, porque los mismos que incendian autobuses podrían acabar apagando sus nombres en las urnas.

En las democracias desarrolladas y modernas los ciudadanos ya no aceptan viajar como ganado, y Brasil ya no es un país del tercer mundo aunque a veces sus gentes más humildes sufran el azote de los países aún no desarrollados del Planeta.

¿Es que los políticos brasileños no ven, cuando van a los países desarrollados, a la gente (incluidos los ricos) viajar en medios públicos dignos y no notan la diferencia con los de aquí?

La campaña electoral está a las puertas. Y también junio, aniversario de las manifestaciones de protestas callejeras. Y en un clima de Copa, que no aparece exactamente risueño y pacificador. Los brasileños exigen medios de transporte públicos a la altura del “padrón Fifa”.

¿Por qué, desde ahora hasta las elecciones, los candidatos no viajan en los medios de transportes públicos para ver de primera mano lo maravillosos que son y lo feliz y cómoda que la gente viaja en ellos? ¿Sería una mala idea?

Desde los coches blindados es difícil oír los lamentos de la gente común para quienes viajar para llegar al trabajo supone un martirio mayor a veces que la fatiga de la jornada laboral.

La vida de los no privilegiados, que son la gran mayoría en estos países, gira en torno de ese día a día, tantas veces duro y hasta cruel, de despertarse pensando en afrontar horas de viaje en situaciones que rayan la falta de dignidad humana. Y se acuestan exhaustos de una doble fatiga cotidiana.

¿Que por qué queman los autobuses? Mejor que los políticos no se lo pregunten. Podrían sonrojarles sus respuestas.

¿Qué hacen bien en quemarlos? No. Toda violencia acaba aplastando aún más la ya dura vida de los más desfavorecidos.

Pero ¿cómo convencer de que la violencia no mejora las cosas a esas personas que desde que abren los ojos, son sujeto y objeto de violencias varias, marcadas cada hora por el reloj del dolor que acumulan de padres a hijos?

El País (Es) (España)

 



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