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Dossier Juan Pablo II  
 
06/04/2005 | Estrictamente Personal: El último guerrero

Raymundo Riva Palacios

Karol Wojtyla nació en un país acosado durante mil años y en una ciudad donde el hedor de la carne quemada llegaba en el aire expulsado por los hornos crematorios nazis en Auschwitz. Se consagró sacerdote en la clandestinidad bajo la tutela de un padre que fue militar del Imperio Austro-húngaro, formándose como un hombre conservador, milenarista, enérgico, pero también intransigente y rodeado, al final de cuentas, por una misión.

 

Cumplió las expectativas, pero no como el papa teológico, sino como el más político, militante e influyente que haya tenido jamás la Iglesia católica.

Wojtyla tomó el nombre de Juan Pablo II al asumir el trono de San Pedro en una coyuntura política particular, donde las corrientes conservadoras dentro de El Vaticano buscaban una contrarreforma y la cruzada anticomunista estaba en busca de un soldado de a pie que tuviera el liderazgo de un mariscal.

Juan Pablo II estuvo en el lugar correcto en el momento adecuado cuando su trabajo como obispo de Cracovia, que lo llevó a establecer contactos en las elites de poder en el mundo. Mucho tiempo antes de ser ungido papa, estaba muy vinculado con el Opus Dei, que lo ayudó con dinero para apoyar a iglesias en Polonia, con lo cual no sólo respaldaron la fe católica en ese país ortodoxamente comunista, sino que, sobretodo, construirían lo que sería la punta de lanza en la guerra fría durante los 80’s.

Conservador probado, el cónclave que lo eligió como sucesor del liberal Juan Pablo I, cuyo reinado duró apenas 33 días, fue una operación política de muchos de los cardenales alemanes y estadounidenses, de acuerdo con un documento secreto que filtró la Secretaría de Estado vaticana al gobierno italiano durante el cónclave papal, quienes, muy inquietos por la liberalización de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II que impulsó Paulo VI, impusieron la candidatura de Wojtyla y cabildearon por los votos que necesitaban para ungirlo.

Dentro de los cardenales estadounidenses, varios de origen polaco, existía una fuerte relación con otro polaco que ya tenía relación con Wojtyla, pero que no era sacerdote, sino director del Consejo de Seguridad de la Casa Blanca en el gobierno de James Carter, Zbigniew Brzezinski, una mente tan brillante como enfocada a las maneras de derrotar a la Unión Soviética.


DENTRO DE LA IGLESIA


Juan Pablo II fue electo y no falló a quienes esperaban tanto de él. Toda la corriente modernizadora de la Iglesia católica tuvo un fin abrupto.

Las expectativas dentro de la Iglesia para que la Iglesia se fuera abriendo en temas como el aborto, la anticoncepción, la eutanasia y los matrimonios entre homosexuales fueron combatidos por él, así como frenó el ordenamiento de mujeres como sacerdotes y reprimió las opiniones críticas. Luchó tenazmente contra la Teología de la Liberación, que optaba por los pobres, lo cual resultó catastrófico en países como Brasil, donde esos pobres a los cuales decía defender, prefirieron emigrar a las sectas evangélicas.

Al teólogo alemán progresista Hans Küng, quien preguntó en 1979 “si la adulación de las masas y el superestrella de los medios”, Juan Pablo II, “verdaderamente estaba libre del culto a la personalidad de otros papas como Pío XII”, le prohibió dar misa. A otro, Edward Schillebeeckx, quien escribió “Jesús, un experimento en Cristología”, lo juzgó por “hereje”. Intolerante e inquisidor, sería su rol como galvanizador político e ideológico en la Guerra Fría Pero lo que le ganaría un lugar en la historia.


LA CASA BLANCA


El apoyo de la Casa Blanca a Wojtyla para que fuera electo papa llegó a ganarle el calificativo de su biógrafo, el conservador George Weigel, como “el papa pro-americano”. Subió al trono durante la Administración Carter, pero cuando en enero de 1981 llegó al poder Ronald Reagan, nadie mejor que Juan Pablo II se acomodaba a sus propósitos para luchar contra los soviéticos y sus satélites.

El primer consejero de Seguridad Nacional del presidente Reagan, Richard Allen, escribió en sus memorias que la de ellos dos, fue “una de las alianzas secretas más grandes de todos los tiempos”, y en los primeros años de su papado, la CIA coordinó con él intensas redes de financiamiento para Solidaridad, el sindicato proscrito en Polonia que tenía el apoyo del jefe de El Vaticano, estableciéndose programas de propaganda en Radio Europa Libre, que dependía de la CIA, y de la Voz de América, que depende del Departamento de Estado.

A cambio, el embajador at-large de Reagan, Vernon Walters, y el director de la CIA, William Casey, viajaban semestralmente a Roma para entrevistarse con él y recibir informes de inteligencia de las redes vaticanas sobre el poderío militar chino, la salud del líder soviético Leonid Brejnev, Centroamérica o el terrorismo.


EL DELEGADO PAPAL

En América Latina, el delegado papal en Washington, Pío Laghi, un cardenal de origen polaco, era el enlace permanente de la CIA en los momentos en que buscaban derrocar al régimen sandinista, y fue a través de él que persuadieron a Juan Pablo II para viajar a la región y enfrentar directamente a los teólogos de la liberación, con influencia en Nicaragua y, sobretodo, en El Salvador.

En Managua se negó a darle la mano al jesuita Ernesto Cardenal, ministro de Cultura sandinista, a quien regañó ante millones de testigos, y fustigó a las comunidades eclesiales de base, que se habían convertido en una opción para los más desprotegidos. Apoyó fuertemente al cardenal de Managua, Miguel Obando, permanente opositor del gobierno sandinista, pero cuando el obispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero, le habló de la represión a los salvadoreños y a los propios sacerdotes por parte de las tropas gubernamentales, Juan Pablo II le dijo que exageraba. Poco después, los militares lo asesinaron mientras oficiaba una misa.

En Chile, cuando el dictador Augusto Pinochet se convirtió en un lastre para Estados Unidos, Juan Pablo II instruyó a su nuncio papal y hoy secretario de Estado vaticano, Angelo Sodano, a persuadir al general de que convocara elecciones a cambio de inmunidad. No obstante, el papel al cual se le asigna un valor estratégico mayor, fue, como señaló Weigel, “en la demolición del Imperio soviético”.


LOS VIAJES

La clave fue su primer viaje a Polonia como papa. Pero esos nueve días en Polonia que probablemente cambiaron el mundo, fue precedido por el viaje a México, visto por el propio Juan Pablo II como “un pase que podría allanar el camino de su peregrinación a Polonia”, pues al visitar a un país con una constitución secular, iba a ser muy difícil que no le dejaran visitar su país”.

Ahí llegó en junio, y en la Plaza Victoria, en el centro de la fría, gris y fea Varsovia, Juan Pablo II le gritó a una multitud “¡No se derroten!”, para que la gente le respondiera “¡queremos a Dios! ¡queremos a dios!”. Cuando llegó a Polonia en otros viajes, Solidaridad siempre organizaba manifestaciones y golpeaba eficazmente al régimen.

El presidente polaco de ese tiempo, el general Wojciech Jaruzelski, escribiría años después que aquél viaje en 1979 “sería el detonador de todo”. ¿De qué? De la rebelión interna en los países del este, de la construcción de la posibilidad para que un reformista como Mijail Gorbachov llegara a la presidencia soviética, de que las naciones comunistas se debilitaran por dentro por la insurrección y que, finalmente, se demoliera el Muro de Berlín, símbolo del colapso socialista. Gorbachov recordaría muchos años después que todo eso hubiera sido imposible sin el papa, el último de los guerreros que cambiaron la historia.

r_rivapalacio@yahoo.com

Vanguardia (México)

 


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