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27/05/2014 | Egipto - Las plagas que esperan a Al Sisi

Francisco Carrión

La depresión económica, la crisis enérgica, el crecimiento demográfico o la reconciliación, claves de un Egipto devastado por tres años de agitación.

 

Dicen que Mohamed Mursi rompió a llorar cuando en la primavera de 2012 la cúpula de los Hermanos Musulmanes le eligió para ser su candidato presidencial. No fueron precisamente lágrimas de alegría. Al Sisi, por su parte, deshojó durante meses la margarita de su nominación. Sus allegados insisten en que no ambicionaba la Presidencia y que aceptó cambiar su cómodo puesto de ministro de Defensa y comandante en jefe de las fuerzas por la tarea menos grata y más arriesgada de 'rais' empujado por la marea popular que desde julio le ha pedido su irrupción en política. En el despacho le espera un país ingobernable, roto en mil pedazos y en estado comatoso. Estos son algunos de los problemas sociales, políticos y económicos que alimentaron la rebelión contra el islamista Mohamed Mursi y que se han agravado en los últimos meses. El pueblo egipcio, cansado de promesas rotas y esperanzas fallidas, no será paciente.

Una economía apuntalada desde el Golfo

El invierno económico asola al país más poblado del mundo árabe desde el ocaso de Mubarak, que dejó una herencia de abismos sociales y pobreza difícil de digerir. A la devaluación de la libra egipcia y el desempleo, se une la brusca caída de la reserva divisas extranjeras, que se encuentra a menos de la mitad del nivel de 2011. Desde el golpe de Estado que desalojó a los islamistas, las maltrechas arcas públicas han sobrevivido con la generosa inyección de petrodólares de países del golfo Pérsico como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait.

Pero el dinero se consume. Y, entretanto, el país no ha llevado cabo reformas urgentes pero impopulares como modificar un sistema de subsidios de alimentos y energía que engulle más de una cuarta parte del presupuesto estatal. Asimismo, la deuda nacional ha alcanzado los 240.000 millones de dólares y el déficit presupuestario representa el 14 por ciento del PIB. Al Sisi ha reconocido los problemas económicos y ha exigido sacrificio a los ciudadanos. Pronostica que comenzará a escampar en dos años cuando se restablezca la seguridad, se reactive el turismo - un sector clave arruinado por la inestabilidad- y regrese la inversión extranjera.

Insurgencia yihadista y "mano dura"

La seguridad es una de las proclamas más entonadas por los que acuden a votar. Desde la asonada, Egipto sufre la peor oleada de ataques terroristas en décadas. Los atentados, reivindicados por grupos yihadistas, se han cobrado más de 500 vidas, entre ellas, las de al menos 252 policías y 187 soldados. En tan solo diez meses el balance de víctimas ha pulverizado los registros de los años más duros de la década de 1990, cuando el entonces presidente Hosni Mubarak se enfrentó al rebrote de grupos extremistas como Al Gamaa al Islamiya. En 1995, según el centro Ibn Jaldún, el terrorismo arrancó 415 vidas (108 policías, 217 militantes y 90 civiles). La mayoría de los atentados han sido reivindicados por Ansar Beit al Maqdis, una organización yihadista radicada en la península del Sinaí que ha logrado llevar su lucha hasta El Cairo.

La repuesta gubernamental, sin embargo, no ha sido menos dura. La campaña de represión -primero contra los partidarios de Mursi y más tarde contra la disidencia secular- se ha saldado con más de 3.000 fallecidos y 41.000 encarcelados. Las comisarías y las policías se han reconciliado con su infame historia de detenciones arbitrarias, torturas y abusos sexuales, tal y como denunciaron recientemente a EL MUNDO varios activistas tras su liberación. Como en la década de 1970, la resistencia al régimen policial se ha refugiado en las universidades y las organizaciones de derechos humanos. La estrategia no ha logrado sofocar la disidencia. Al Sisi ha prometido mantener la mano dura y practicar la tolerancia cero con huelgas y manifestaciones que suponen -a su juicio- "una amenaza a la seguridad nacional".

Crisis energética

La situación energética del país es cada vez más precaria. Los cortes de electricidad y la escasez de combustible ayudaron a desgastar rápidamente al islamista Mohamed Mursi. Desde el golpe de Estado, sin embargo, la crisis tampoco ha cesado. Egipto carece de los recursos necesarios para satisfacer la demanda interna de voraz crecimiento demográfico. Su reserva de divisas extranjeras le impide grandes dispendios. La reforma de los subsidios, exigida desde hace años por el Fondo Monetario Internacional, puede aliviar la carestía pero corre el riesgo de ser un bomba de relojería si no se protege a esa mitad de la población que vive bajo el umbral de la pobreza y que está cansada de esperar.

El islam político y la reconciliación

A pesar de la feroz represión, el régimen no ha acabado con los Hermanos Musulmanes y su amplia base de seguidores. "No habrá nada llamado Hermanos Musulmanes durante mi Presidencia", declaró Al Sisi en una reciente entrevista televisiva. Devoto y conservador, el ex militar considera que la cofradía fundada en 1924 por el maestro escuela Hasan al Banna es una amenaza para la identidad nacional del país árabe. La Constitución, aprobada el pasado enero en un referéndum convertido en plebiscito del ex militar, prohíbe la formación de partidos religiosos. Pero la alianza que reúne a la cofradía y otros grupos afines mantiene el pulso en las calles. Algunas voces desde dentro y fuera del país insisten en que Egipto no recuperará la estabilidad si no trabaja en la reconciliación y repara las heridas de la polarización política extrema y el odio que han dejado los últimos dos años.

La balcanización del Estado

A Al Sisi le espera un Estado, que a pesar de las turbulencias de los últimos años, ha seguido funcionando. No obstante, deberá lanzar amplias reformas para modernizar la burocracia; mejorar el paupérrimo sistema de educación y sanidad; y evitar lo que el politólogo estadounidense Nathan Brown llama la "balcanización" del estado egipcio con cada una de sus instituciones remando en una dirección distinta. La Constitución del pasado enero amplió y blindó la independencia del poder judicial, el ejército -un estado paralelo con un emporio económico que supone hasta el 40 por ciento del PIB- y la policía. "El estado egipcio es un autobús con muchos conductores", apuntó gráficamente Brown en una reciente entrevista a EL MUNDO.

La reforma del aparato policial

El vendaval de ultranacionalismo y veneración a las fuerzas de seguridad ha sepultado un asunto que ha marcado el debate público desde el ocaso de Mubarak: la reforma del aparato policial, denostado por su feroz represión de las protestas de 2011 y su leal servicio al régimen durante décadas para aplastar cualquier disidencia. Desde el golpe de Estado, los activistas de derechos humanos han denunciado el regreso al estado policial.

La desastrosa transición tampoco ha satisfecho la sed de justicia de quienes murieron en las revueltas. La mayoría de los oficiales de la policías juzgados han sido absueltos y muchos procesos han sido anulados y repetidos, empezando por el de los agentes que golpearon hasta la muerte a Jaled Salid, el icono que en junio de 2010 alentó el levantamiento. En los tribunales ha triunfado lo que Amnistía Internacional ha denominado "justicia selectiva": ajuste de cuentas acelerado y severo -cientos de condenas a muerte incluidas- contra la cúpula y los militantes de la Hermandad mientras ni siquiera se ha abierto el proceso por el brutal desalojo de las acampadas islamistas que el pasado agosto se cobraron más de 600 vidas.

El Mundo (España)

 



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