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24/10/2016 | Las fosas comunes del Estado Islámico

Francisco Carrión

La contienda impide que se efectúen las primeras muestras de ADN y se calcula que la identificación de los cadáveres llevará 10 años

 

A unos metros del frente, agazapados entre la maleza seca, yacen los restos del crimen. Sobre la tierra mustia descasan las osamentas deslavazadas por el tiempo. Junto a las pilas de huesos es posible aún hallar las ropas, el calzado e incluso las hebras de cabello de las víctimas. "Aquella tela de allí es la venda que les colocaron antes de ejecutarlos. El 'Daesh' [acrónimo en árabe del autodenominado Estado Islámico] mató aquí a mujeres, hombres y niños. Hasta 150 personas murieron en este terreno. No puedo expresar lo que siento cuando veo este horror", murmura el combatiente Naser Basha, líder local del Partido Democrático del Kurdistán mientras, 'kalashnikov' al hombro, recorre las fosas comunes que pueblan los alrededores de Sinyar, al norte de Mosul. En agosto de 2014 los yihadistas avanzaron por su abrupta geografía, hogar de la minoría yazidí, sembrando el terror entre sus habitantes, seguidores de una fe vinculada al zoroastrismo que las huestes del IS (Estado Islámico, por sus siglas en inglés) consideran "una adoración del diablo".

Su sino fue atroz. Cientos de mujeres fueron secuestradas y vendidas como esclavas sexuales en casas de Mosul mientras otros tantos vecinos eran fusilados a sangre fría en los alrededores de sus aldeas. "El 'Daesh' firmó ejecuciones a tanta velocidad que, en muchos casos, abandonó los cuerpos sobre la tierra sin preocuparse por enterrarlos", relata a este diario Husein Hasun, asesor del primer ministro del Kurdistán iraquí en la azarosa búsqueda de las fosas comunes que las conquistas yihadistas desperdigaron por el paisaje del norte de Irak. "Es -reconoce- una labor muy compleja. La lluvia ha esparcido los restos y hemos perdido parte de los cadáveres a causa de los animales que habitan las montañas cercanas. Hace poco recibí la llamada de un vecino de un pueblo árabe cercano informándome de que las tormentas habían arrastrado hasta su aldea esqueletos de yazidíes". Según datos de las autoridades locales proporcionados a este diario,desde la liberación de Sinyar a finales del pasado año una treintena de enterramientos colectivos han sido localizados. "Calculamos que unas 1.500 personas permanecen enterradas en las fosas", estima Hasun.

Una cifra huérfana de rostros en la que Shandim Qasem sospecha que figuran algunos de los seres queridos a los que perdió la pista hace dos años.

"Tenemos a siete familiares desaparecidos. Unos cuantos llamaron hace meses asegurando que se hallaban en Mosul pero del resto no hemos vuelto a saber nada", balbucea el patriarca del clan desde el campo de desplazados al que escaparon. "Los soldados del 'Daesh' nos arrestaron pero logramos huir en dirección a las montañas. Salimos corriendo sin volver la vista atrás. Sólo recuerdo que nos disparaban", evoca Qasem lamentándose por su destino. En los últimos meses la familia ha desembolsado una fortuna para rescatar a su hija y nietos, confinados en una vivienda de la ciudad siria de Raqqa, la capital "de facto" del califato. "No hemos perdido la esperanza de volver a ver a los desaparecidos", confiesa el cincuentón. En mitad del fragor de la incierta batalla por Mosul, que ayer consumió su séptima jornada con las tropas kurdas a menos de nueve kilómetros al noreste del bastión yihadista, la misión de horadar las fosas e identificar a sus moradores se antoja larga y costosa.

"No podemos exhumarlos"

"Los enterramientos están muy cerca del frente. En las visitas que hemos realizado nos han atacado hasta en cuatro ocasiones con mortero y francotiradores. No podemos exhumarlos", lamenta Hasun, consciente de que existen aún muchos emplazamientos por descubrir. "Se van a hallar muchas más en territorios que están aún bajo control del 'Daesh'", recalca el investigador. Un lúgubre pronóstico que comparte Fawaz Abdel Abbas, subdirector en Irak de la Comisión Internacional de Personas Desaparecidas. "En Kocho, una aldea también de población yazidí y cercana a Sinyar, hay cientos de personas desaparecidas y aún no hemos podido acceder porque continúa en manos yihadistas", advierte el representante de una organización nacida en 1996 para tratar de localizar el paradero de los 40.000 desaparecidos en la extinta Yugoslavia. La cifra de ejecutados por los acólitos de Abu Bakr al Bagdadi y arrojados a fosas comunes se disparará tras la liberación de la segunda ciudad de Irak. "Quien sabe lo que nos encontraremos en Mosul. En todo este tiempo hemos recibido informaciones de que miles de personas han sido asesinadas pero sólo lo sabremos cuando podamos trabajar sobre el terreno", reconoce Abdel Abbas. Desde el pasado febrero su grupo ha adiestrado a una treintena de funcionarios kurdos en la tarea de detectar y levantar acta de las sepulturas colectivas plantadas por el IS. "Es un proceso laborioso -apostilla- que hay que hacer cumpliendo con rigor un protocolo. El lugar nos cuenta la historia y nos proporciona pistas para localizar a sus parientes vivos".

Un trabajo detectivesco que el 'peshmerga' Basha se ha acostumbrado a desarrollar en cuanto sus uniformados se topan con otra oquedad. "A veces encontramos junto a los cadáveres su carnet de identidad pero en la mayoría de los casos no hay nada", precisa el oficial. La contienda que despunta por el horizonte ha impedido, de momento, que se efectúen las primeras muestras de ADN. "Tardaremos entre 10 y 15 años en documentar e identificar a los muertos, dependiendo de lo que se prolongue la guerra contra los terroristas", calcula Hasun, curtido en los tribunales holandeses y volcado en reunir las pesquisas y llevar el genocidio yazidí ante los pasillos de la Corte Penal Internacional. "Me siento frustrado. La comunidad internacional no está haciendo nada en la batalla legal", denuncia el letrado. "Los principales parlamentos del mundo -arguye- han reconocido como genocidio la matanza de los yazidíes pero eso representa sólo la vertiente política. Necesitamos un veredicto judicial del genocidio", arguye. Hace un año el tribunal con sede en La Haya rechazó investigar los crímenes alegando que carece de jurisdicción en Siria e Irak. "El Consejo de Seguridad de la ONU puede presentar un caso ante la corte incluso si el país no es firmante del tribunal. El plan B es forzar a la comunidad internacional a establecer una corte especial como en Ruanda o la antigua Yugoslavia. Esta carnicería no sólo incumbe a Irak. Es responsabilidad del planeta. Son crímenes que cruzaron fronteras y conmovieron a la humanidad. Tenemos que perseguir a los culpables y que rindan cuentas por sus bárbaros actos".

El Mundo (España)

 



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