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30/08/2014 | La nueva guerra de los 'terroristas' del Partido de los Trajadores del Kurdistán

Francisco Carrión

EL MUNDO accede al cuartel de los guerrilleros del PKK. El grupo armado, catalogado como "organización terrorista", es clave en el frente antiyihadista.

 

Una pista polvorienta y carcomida por los socavones lleva hasta las montañas de Qandil. Al final de la senda una cuadrilla de hombres tostados por el sol da el alto fusiles AK47 en mano. Sobre el muro de una garita cercana cuelga el retrato de Abdulá Ocalan, el fundador del Partido Kurdo de los Trabajadores (PKK) que desde hace quince años vive confinado en una prisión turca.

La intrincada topografía de la zona -una interminable cadena de colinas en suelo iraquí y a un tiro de piedra de Turquía e Irán- ha servido desde entonces como cuartel general a las huestes del PKK, incluido por Estados Unidos y la Unión Europea en sus listados de organizaciones terroristas. Sin embargo, la feroz ofensiva del Estado Islámico sobre el Kurdistán ha trastocado de tal modo el juego de lealtades que partisanos y gobiernos occidentales se han convertido en camaradas. Por primera vez los combatientes del PKK luchan codo a codo con los "peshmergas", las tropas de la región autónoma del Kurdistán iraquí a las que EEUU y varios países europeos han enviado armamento y a las que Barack Obama auxilió a principios de mes autorizando los ataques aéreos sobre posiciones estratégicas del IS en el norte de Irak.

"Los bombardeos, por sí solos, no resultan efectivos. Los yihadistas tienen una enorme disciplina y usan las tácticas de una guerrilla. La diferencia es que ellos llevan dos años en la pelea y nosotros tenemos más de treinta años de experiencia", explica a EL MUNDO el comandante del PKK Tekosher Zagros desde una vivienda que domina la ladera sobre la que se desparrama un poblado de casas sencillas y cuestas empinadas. El páramo, convertido en refugio de unas 10.000 almas desde la captura de Ocalan en 1999, está vacío. Su angosto callejero, solo accesible a pie o en vehículos todoterrenos, es un páramo donde solo se agitan las enseñas rojas del partido.

"Evacuamos a nuestras familias cuando el IS se hallaba a las puertas. Las traeremos de vuelta una vez hayamos limpiado de yihadistas los alrededores", arguye. Con los civiles a buen recaudo, el pelotón del PKK -un tercio de sus combatientes son mujeres- se unió a los "peshmergas" para recuperar el control de Majmur, la estratégica villa ubicada a unos 50 kilómetros al norte de Erbil cuyas viviendas lindan con el campamento. "Cuando se iniciaron los ataques del IS, establecimos un comité conjunto con los 'peshmergas' para salvaguardar la zona. Desde entonces mantenemos contactos diarios para coordinar las acciones", apunta Zagros. Tras varias jornadas de refriegas, el tándem cosechó sus frutos y el enclave fue arrebatado a los extremistas. "Durante dos días luchamos en las montañas. Al final, los 'peshmergas' atacaron por un flanco y nosotros por otro. Y, al verse sorprendidos, los yihadistas terminaron huyendo", esboza el comandante, orgulloso de la experiencia adquirida por su organización hermana, las Unidades de Defensa Popular (YPG), en la solitaria guerra contra los barbudos en la vecina Siria.

"Fuimos los primeros en combatir al IS. Llevamos dos años luchando en Rojava [ciudad del Kurdistán sirio]. El resto, incluidos los estados turco, sirio, iraní, saudí o qatarí, ha ayudado de un modo u otro a la expansión del IS. Hasta el gobierno regional del Kurdistán iraquí ha cooperado indirectamente con ellos al levantar trincheras en la frontera y limitar nuestros movimientos", denuncia Zagros, sin ocultar las rencillas históricas que han minado la relación entre el PKK y el Partido Democrático del Kurdistán (PDK), la formación que lidera el presidente del Kurdistán iraquí Masud Barzani y que en los últimos tiempos ha tejido estrechos lazos con Turquía.

La amenaza del IS, cuya ofensiva ha provocado el éxodo de cientos de miles de cristianos y yazidíes, ha obligado a dejar de lado la riña. Además de nutrir el frente de Majmur, los soldados del PKK se han desplegado por Jalaula, a 130 kilómetros al norte de la capital iraquí; Kirkuk, una área rica petróleo cuyo dominio se han disputado históricamente Erbil y Bagdad; y las montañas de Sinyar, donde la sucursal siria del PKK abrió un corredor para rescatar a la población yazidí.

Los habitantes de las comarcas por las que el grupo armado ha repartido a sus miembros han celebrado su presencia tanto como los ataques de la aviación estadounidense. "La base de Qandil fue clave para detener a los yihadistas. Si la guerrilla del PKK no hubiese estado allí, habrían penetrado en la zona con mucha facilidad", advierte el policía Helkut Namek mientras patrulla las arterias del Majmur liberado. A pesar de su evidente contribución a los progresos de las últimas semanas, la versión oficial del gobierno kurdo ha tratado de minimizar la labor de este escuadrón de ateos y nostálgicos del marxismo que ha establecido en las montañas de Qandil un singular sistema comunal. "No existe ningún tipo de coordinación formal entre los 'peshmergas' y el PKK. En Majmur sus seguidores se han limitado a defender su campamento, que ha cumplido una función positiva para frenar al IS", declara a este diario Helgurd Hikmet, portavoz de las tropas kurdas.

No obstante, como relata feliz Zagros, el mismísimo Barzani visitó hace unas semanas su bastión de Qandil para agradecer este nuevo capítulo de hermandad. Una estampa inédita que se produce en plenas negociaciones de Ankara con el PKK -que se ha alejado de su postulado independentista inicial y aboga por establecer una "confederación democrática"- para avanzar en el alto el fuego pactado el pasado año y poner fin a un conflicto que desde 1984 se ha cobrado 40.000 vidas. "Por fin se ha visto quienes son los terroristas. Nosotros no. Nos vimos forzados a empuñar las armas y crear un ejército para protegernos de Turquía, que atacó nuestras aldeas e impuso la asimilación cultural. A diferencia del IS, nuestra lucha es legítima. Ahora queremos hallar una solución pacífica en la que Turquía respete nuestra identidad", asevera el comandante con la vaga ilusión de que la batalla contra el IS les libere de la etiqueta de "terroristas".

El Mundo (España)

 



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