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26/04/2020 | El coronavirus acelera la guerra en Libia

Rosa Meneses

Las facciones rivales intensifican los combates en los alrededores de Trípoli y prueban armamento experimental

 

Lejos de paralizarla, el coronavirus ha intensificado la guerra de Libia. Las milicias del Gobierno de Acuerdo Nacional (con sede en Trípoli, reconocido por la comunidad internacional y cuyas siglas en inglés son GNA) y el Ejército Nacional Libio (las fuerzas comandadas por el mariscal Jalifa Haftar, 'hombre fuerte' del este del país que disputa el poder al GNA) aprovechan la crisis sanitaria para ganar posiciones y avanzar en los frentes de guerra.

La situación es tan grave que Naciones Unidas ha denunciado que Libia se está convirtiendo en un "campo experimental de toda clase de nuevos sistemas de armamento", con potencias extranjeras dando apoyo militar y financiero a las facciones beligerantes y enviando armas y combatientes pese al embargo reimpulsado en la Conferencia de Berlín del pasado 19 de enero.

Cuando se ha rebasado ya un año desde que Haftar iniciara su ofensiva contra Trípoli, en las últimas semanas la contienda ha escalado duramente con un nuevo impulso a los combates en los frentes del oeste del país, pese a los llamamientos urgentes de la comunidad internacional -y sus intentos fallidos- para imponer un alto el fuego con el fin de frenar los contagios por la Covid-19. Libia es un país especialmente vulnerable en el contexto de la pandemia, ya que nueve años de guerra han dejado moribundos a los servicios sanitarios, que carecen de fondos para comprar material y medicamentos y están mal equipados.

Hasta ahora, sólo se ha reportado una muerte (una mujer de 85 años) y se contabilizan 60 casos de contagio. Pero hay que tener en cuenta que las cifras no reflejan la realidad en un país en guerra donde el Gobierno reconocido por la ONU es débil y apenas tiene presencia más allá de Trípoli y donde apenas hay información en las regiones bajo control de las facciones rivales. En la zona bajo el poder del GNA el confinamiento -que apenas se cumplía- ha dado paso a un toque de queda de 18:00 a 6:00 horas durante 10 días.

Antes de la aparición del coronavirus, un millón de personas requerían asistencia del Comité Internacional de Cruz Roja (CICR). Solo en Trípoli, con 150.000 desplazados por los combates, 13 centros sanitarios se encontraban cerrados antes de la Covid-19 y medio millón de personas necesitaba ayuda médica urgente, según cifras de la ONU.

"El sistema de sanidad libio ya estaba luchando antes de la Covid-19", señala Willem de Jonge, jefe de operaciones del CICR en Libia. "Hoy, algunos médicos que necesitan recibir formación sobre los protocolos de prevención de la infección del coronavirus siguen siendo llamados a la línea de frente para tratar a los heridos. Las clínicas y hospitales están saturados cuidando a los heridos de guerra y a los que padecen enfermedades crónicas, así que su capacidad para recibir pacientes de la Covid-19 es limitada. Necesitan más apoyo y recursos para afrontar este reto", añade.

A esto se añade que los violentos combates han provocado nuevas olas de desplazados, que sobreviven en pésimas condiciones. "Estamos viendo, simplemente, cómo se está diezmando una nación", comenta a Afp Jalel Harchauoui, del Instituto Clingendael de La Haya. Para este experto, la pandemia "ha exacerbado esta escalada" bélica, aprovechando que la comunidad internacional tiene los ojos puestos en la crisis sanitaria.

Mientras el virus podría estar corriendo como la pólvora, la artillería hace estragos. Libia es un campo de pruebas. "En algunos suburbios de Trípoli se está usando un lanzallamas RPO-A, con un tipo de sistema termobárico. Hemos visto que han llegado drones, incluido un tipo de aviones no tripulados suicidas que explosionan al impactar", informó el miércoles la enviada especial en funciones de la ONU para Libia, Stephanie Williams. "Son sólo dos ejemplos de los sistemas terroríficos que están siendo desplegados en áreas urbanas, lo cual es completamente inaceptable", añadió.

GAS NERVIOSO

Las alarmas se han disparado después del anuncio del GNA de que investiga un posible ataque con armas químicas contra sus fuerzas. El ministro del Interior del Ejecutivo de Trípoli, Fathi Bashagha, investiga informes de combatientes que han resultado afectados por gas nervioso en el área capitalina de Salahadin, a partir de datos preliminares reportados por hospitales de campaña, según informa la agencia Reuters.

A este anuncio reaccionó el portavoz del Ejército Nacional Libio (LNA, en sus siglas en inglés), Ahmed al Mismari, afirmando que se trata de "rumores y mentiras". Al Mismari ha acusado al GNA de "crímenes de guerra" cometidos por sus milicias en el asalto, la semana pasada, de las ciudades de Surman y Sabrata, hasta entonces en manos del LNA.

Williams respondió que se trata de "informes muy, muy preocupantes", antes de realizar un nuevo llamamiento a un alto el fuego y a que se respete el embargo de armas: "La ONU llama a todos los que están violando el embargo, incluidos aquellos países que se sentaron en la mesa en Berlín y lo firmaron, a que lo respeten". Sin nombrarlos, se refiere a Emiratos Árabes Unidos, Rusia y Egipto, que respaldan a Haftar, y a Turquía y Qatar, soportes principales del GNA. A principios de año, Ankara aprobó el envío de cientos de combatientes a Libia para contrarrestar a los mercenarios rusos que luchan del lado del mariscal renegado. Según el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos (OSDH), unos 6.000 milicianos sirios combaten en las trincheras del GNA.

La voz de la ONU, incapaz de nombrar a un nuevo enviado especial tras la dimisión de Ghassan Salameh en marzo, ha quedado ahogada por los bombardeos. Las fuerzas de Haftar no han dejado de hostigar la capital, mientras que el GNA ha puesto en marcha una ofensiva para hacer retroceder a su enemigo. La semana pasada, las huestes de Trípoli capturaron varias localidades del noroeste y encarrilaron su avance hacia Tarhuna, centro estratégico en manos del mariscal. El objetivo del Gobierno respaldado por la comunidad internacional es expulsar a Haftar de Tarhuna, a unos 65 kilómetros de la capital, lo que detendría el envite del LNA. "Si entramos en Tarhuna, aunque es la opción militar más difícil, creemos que se lograría detener el conflicto porque ninguna otra ciudad del oeste de Libia es el centro de las fuerzas de Haftar", afirmó el ministro Bashagha.

El Mundo (España)

 



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